lunes 13 de diciembre de 2010

Premio narrativa joven certamen "Javier Espinosa" 2010

Vísperas de nada

1

La primera vez que salió, no tardó en volver a entrar. Nada se había alterado a su alrededor, y ni siquiera le dio tiempo a comprobar si él había cambiado o no. No hubo toma de decisiones ni tiempo de reflexión. Lo que para él habían sido un par de semanas de entrevistas, chequeos médicos, físicos y psicológicos –superando todos la categoría de soberano aburrimiento-, en la calle “Los reductos” habían sido dos largos años.

Un poco cansada le pareció que estaba su madre, nada más. Con el aturdimiento achacado a los efectos del porro que le dieron nada más recogerlo -y la mayor efectividad de éste tras haber permanecido una temporada limpio-, no se percató de los centímetros que habían crecido las grietas de las paredes; ni de que su amigo, su colega, su compadre Luismi, le cogía el culo a su hermana cada vez que ésta recogía algo de la mesa. No atisbó que la furgoneta estaba más desvencijada, y el perro más gordo. A que estos cambios pasasen desapercibidos contribuía que reconoció las mismas caras en el bar de la esquina, y que las sábanas raídas colgaban como siempre en las balconadas a la calle.

Caminar junto a su hermano y Luismi entre las oscuras calles del barrio “La Chesca” horas más tarde tampoco resulta ninguna sorpresa. Unos críos sin camiseta juegan al futbol en el callejón, y las chicas hacen corrillos cacareantes. La voz ronca de su madre farfulla con las vecinas en un hilo musical asimilado. Sin luto, sin pausa, sin cigarrito de después, Ángel Gabriel, más por inercia que por iniciativa, ya está incluido en los planes del día. Como tantas veces, irán a arreglar unos asuntos. Caminan concentrados en estar distraídos. No se otea en sus cabezas el espejismo, siquiera la idea, de verse así mismos como camellos de poca monta; como el último eslabón de una cadena que parte de la marginalidad, que sobreviven pero no se plantean, hasta el lujo ostentoso, del que sueñan su existencia pero apenas imaginan. No se antojan de entenderse al uso de delincuentes comunes, maleantes, rateros, equilibristas en la cuerda de la legalidad y la subsistencia. Llegan a la vivienda, un bloque cuadrado de ladrillo visto, igual al anterior, que es igual al anterior y que a su vez es igual al anterior mostrando lo poco que hicieron las VPO de los años setenta por la estética urbanística. Con la espalda apoyada en la pared, en un descarado gesto de disimulo, guardando el portal donde sus acompañantes se hacen con el avituallamiento, algo empieza a bullir en nebulosa, flashbacks espontáneos, postproducción de andar por casa. La misma calle oscura u otra parecida, la luz al fondo, las luces de la policía, las sirenas, los agentes, la carrera “¡Quietos!”. Correr, correr, y no parar de correr. Se asfixia, “puto tabaco”. El pulso en el pecho y las sienes. Los demás se pierden al fondo. “¡No te muevas!” .La dulce voz de la doctora Verónica en la consulta “¿Sabes lo que haces? ¿Sabes porqué está mal? ¿Sabes porqué estás aquí? ¿Qué crees que es el mal?”. Se sobresalta con el ruido de la puerta mientras sus compinches salen con sonrisa de victoria.”Volvamos a casa”.

2

Para Ángel Gabriel, las mañanas nunca comenzaban antes de las doce. El día era claro. El sol reflejaba en las paredes blancas y en las no tan blancas. El hedor de la basura que había dejado el camión, aquél de la empresa municipal de limpieza que ya no se dignaba a parar por allí, apenas lo percibían los viandantes del mismo hábito creado en sus, a menudo, malsanas pituitarias. Las amas y sultanas de casa volvían de hacer la compra en el mercado. Estaba en el banco, liándose un cigarro con algo más que tabaco. Sólo debía sentarse y esperar. Bajo la cruz verde de la farmacia marchaban ágiles las palabras: "Abierto de 10:00 a 22:00, 365 días, 19º 5/12/2008, 13:00 p.m." Cinco de diciembre del dos mil ocho. Recordó que había olvidado los últimos dos años. Por unos instantes vio diáfana en su mente la carta: "Diagnóstico y resolución: Dos años de terapia de equilibrio y reeducación”. Traducción in situ: dos años dormido, dos años de vida.

Cuando su abogado le comentó la posibilidad de entrar en el programa de prueba, en primera instancia, no supo decidir si aquello era bueno o malo. De un lado evitaba la cárcel, pero de otro se pasaría cómo condena dos años en un estado de coma inducido. El tratamiento que la carta definía como “reeducación”, consistía en una serie de audiciones sistemáticas durante su pequeña siesta: cintas de filosofía, didáctica, arte; y si la situación diplomática estaba tensa, alguna que otra religiosa católica también podía caer. -¿Qué son dos años?- le repitió una y mil veces su abogado. Poco a poco, pseudomadurando la idea, lo tomó como la mejor opción. Siempre había sido un chico bastante “inquieto”, y de este modo todo se convertía en un trámite burocrático sin la necesidad de estar encerrado (o al menos de forma consciente). Nunca había estado en presidio, pero no le daba ningún miedo. No delató a nadie en su detención y eso siempre da cierto prestigio en el mundillo camellil. Sus socios estaban más que dispuestos a seguir tratando con él a su salida, cabeza de turco barata, de las de toda la vida. Ahora, según su documento nacional de identidad que nunca llevaba encima, tenía veintiséis años; pero el espejo seguía devolviéndole la imagen de “El Angelillo”, de tan sólo veinticuatro, un poco demacrado.

En una ocasión, mientras esperaba en el despacho, escuchó de soslayo a su abogado discutiendo con su compañera:
-A mí no me castigues los oídos con tu panfleto charlatanesco. Es digno del mejor puritano. Vale, dos años no son nada, pero después ¿qué? Estás colaborando en la instauración de un método que lleva la hipocresía social al grado sumo.
-El sistema ya está instaurado, se trata sólo de una depuración del mismo ¿Acaso los centros carcelarios no llevan la penitencia intrínseca hasta en sus rótulos de entrada, mientras que el código penal ampara a los presos como enfermos? ¿No existe un descontento consensuado acerca de la buena vida de los delincuentes en prisión?
-El discurso fariseo continúa con la parte de:”Qué mejor manera de condenar de forma tajante las actitudes sociópatas sin caer en la violación de los derechos y las dignidades humanas”.
-Veo que te lo sabes, pero iba a decirte que el ensayo pretende probar la tesis de que la pérdida de la vida propia es la vía didáctica más efectiva para la enseñanza del valor de la misma, sin la silla eléctrica yanky claro está.
-Que civilizamos somos. El ojo por ojo progre me estás contando.
-Dos añitos chiqui, una cabezadita.

Cuando volvió al despacho Ángel se enderezó en la silla “Tiene carácter” le dijo con una sonrisa. A lo que su abogado contestó:”No lo sabes tú bien”.

En aquel banco, en su fotosíntesis particular, fue interrumpido por su primer cliente del día.
–Diez euros- le dijo el chaval que apenas aparentaba diecisiete años.
–Sólo tengo barras de veinte, tío.
– Va, si te lo compro, me lo voy a fumar –bromeó.
–Y si no me lo compras vendrás a verme antes, como si no lo supieras ya.
-También es verdad.

El joven se marchó, aún no le había dado tiempo a guardar el dinero en el bolsillo, cuando dos tipos que estaban sentados en la terraza del bar comenzaron a caminar hacia él. Ángel no tenía un pelo de tonto; olía a los secretas; se maldijo por no haberse fijado en ellos antes, y emprendió un paso rápido. A menudo la policía, en esta serie de acciones, se disuadía al verse reconocidos con tal de no emprender una persecución y armar una zapatiesta en la barriada: éste no era el caso. Apretaron éstos el paso también obligando a Ángel a empezar a correr.

-¡Deténgase, policía!

No pararía por nada del mundo. El instinto manda. Corría todo lo que sus piernas daban de sí, pero se notaba desentrenado. Los policías cada vez estaban más cerca. No lo pensó dos veces y abrió la puerta del conductor de un Peugeot que aguardaba en un semáforo. La chica, en lugar de asustarse, le dio una tarascada en la cara, por lo que no tuvo más opción que abofetearla y sacarla de un tirón del vehículo.
Sabía que si le volvían a pillar estaría metido en un buen lío, llevaba 200 gramos de cannabis encima y veinte de cocaína. Si se desprendían de ellos el embrollo no sería menor, trabajaba a fío y su mercancía no valía menos que su vida. Un vehículo ploteado con las nefastas palabras “POLICIA NACIONAL” encendió las luces dispuesto a darle caza. Ángel hizo que media plantilla local de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado emprendiera en su búsqueda aquella mañana. La cacería devino en un espectáculo hollywoodiense de trágico final.





3

Los presos expuestos al expediente de prueba estaban sometidos a una especial vigilancia, más allá de lo que entendemos por juicio rápido. No fue una decisión consensuada. El debate estaba abierto y las opiniones al respecto eran divergentes. Las apenas cuarenta y ocho horas que Ángel Gabriel había estado en libertad eran prueba irrefutable de que el sistema no era efectivo y debía ser abortado; claro que del otro sector se oían voces que apuntaban la necesidad de endurecer y alargar los periodos de tratamiento. En dos días, el conocido como “El Ángelillo”, no sólo había retomado su carrera profesional de pasadrogas de barrio; sino que además había huido de un control policial atropellando a un peatón en su escapada. Ojo por ojo, vida por vida. "Diagnóstico y resolución: Veinte años de terapia de equilibrio y reeducación”.

Como la canica que nadie sabe donde ha ido a parar cuando termina de rodar, permaneció Ángel escuchando en ensoñaciones todos los vestigios culturales habidos y por haber hasta el siglo XXI. En su despertar, se sintió cansado, muy cansado. Fisioterapia, tests, psicología, medicina. Pasaba de despacho en despacho, intentando contestar a todas las preguntas. Apenas si era capaz de reconocer sus propias respuestas. A pesar de que la mayoría de las veces no era capaz de decantarse hacia un lado cuando de posicionamiento político, histórico o ético se trataba, si que era conocedor de las argumentaciones por ambas partes. Era como si las palabras que salían de sus labios siempre hubieran estado ahí. Cuando le devolvieron sus efectos personales ahí estaba su cristo de oro, que miro con recelo. Los despachos por los que había pasado eran similares y con denominadores comunes. Los baños eran blancos y limpios. Los espejos atroces. Ángel Gabriel lejos de “Angelillo”, cerca de la razón, próximo a la culpa, encima del odio y bajo la impotencia; al ver la imagen que le devolvía el espejo con 22 años más y breves recuerdos desde la fatídica carrera; jugó a volar en el vacío para perder. Pasó a formar parte de “Estadística de prueba del método de equilibrio y reeducación” como “Caso número 15: suicidio”. Igual que el caso anterior, igual al caso anterior. “Puto tabaco”.

Premio narrativa joven certamen "Javier Espinosa" 2010. Ayuntamiento de Campillos

2 comentarios: