viernes, 4 de junio de 2010

Todo lo que quieras

Teníamos ocho años cuando Rebeca y yo nos hicimos mejores amigas. Yo tenía una hermana menor con la que me llevaba bien, ella un hermano con el que siempre se estaba pegando. Ambas jugábamos en los recreos con algunas compañeras de clase, con las hijas de los respectivos amigos de nuestros padres podíamos entretenernos, pero ninguna habíamos tenido hasta el momento una mejor amiga.
Al colocarnos juntas en clase, hicimos en silencio la mudanza de libros a los nuevos pupitres asignados con cierto recelo mutuo. A lo mejor Rebeca ya hacía entonces aquel gesto suyo de apretar los labios cuando estaba nerviosa. Sacamos nuestros cuadernos para unirnos al unísono silencioso de las cabecitas volcadas sobre la tarea. Nuestra esperpéntica tutora, una señora de edad desconocida que cada año amenazaba o esperanzaba con jubilarse, daba vueltas por el aula suministrando algún que otro cogotazo a los que se despistaban. Todo el mundo se sobresaltó cuando Doña Dorotea cayó al suelo. Había tropezado, dando a parar con todo su robusto y antiguo cuerpo contra las baldosas. Recuerdo que alguien se puso a llorar del susto. Se escuchaban los sollozos producidos, el bullicio de los comentarios y el jaleo organizado por los que ayudaban a Doña Dorotea a levantarse.
− ¡Ay!¡Ay, ay, ay! Virgen del Amor Santo ¿Por qué me pasa a mí esto? Deja que me apoye en ti…, Lourditas, ve a avisar a la doctora.
Ante el espectáculo que ofrecía aquella soberana figura incorporándose, Rebeca y yo nos tapábamos la boca inclinándonos para ocultarnos. Las lágrimas que nos caían delataban el ataque de risa. Cuando conseguía concentrarme y respirar profundo, volviendo a poner cara de concentración en mis deberes; escuchaba el bufido de la risa ahogada de Rebeca escapándosele por entre los dedos. La veía toda roja, mirándome de reojo, mordiéndose los labios e intentando aguantar las carcajadas, y así entonces, yo no podía evitar empezar a troncharme otra vez
Hubiésemos podido controlar la situación si no fuera porque mientras Doña Dorotea se acercaba tambaleándose a su escritorio, tropezó de nuevo haciendo amago de volver a caer. En esta ocasión no hubo tumulto que silenciara nuestras risotadas descontroladas. Habíamos perdido cualquier tipo de mesura y nos enjugábamos las rojas caras con las manos intentando contenernos en balde. Todos en la clase estaban en silencio y a nosotras debía de oírsenos hasta en el pasillo. Sólo pudimos parar cuando Doña Dorotea empezó a gritarnos:
− ¡Infelices! ¿Se puede saber de qué os reís, descaradas? ¿Qué clase de persona hay que ser para congratularse de la desgracia ajena? ¡A saber qué educación os estarán dando vuestros padres!
Mirábamos hacia abajo incluso cuando nos cogió a cada una de una oreja y nos puso de rodillas en el suelo. Lo hacía de vez en cuando. Sometía a los condenados al bochorno ante el grupo: hacía gritar al alumnado la sentencia que su pedagogía estimara oportuna: “Charlatana, charlatana, charlatana” le gritábamos a María Contreras. “Perezosa, perezosa, perezosa” le decíamos a Bibiana cuando no se sabía la lección. “Yo soy de la vieja escuela”, le habían oído decir a una madre en alguna ocasión.
− ¡Descaradas, descaradas, descaradas! − Rebeca y yo estábamos arrodilladas una frente a otra junto a la pizarra, delante del resto de los niños que nos voceaban con desgana, bajo la mirada de una satisfecha Doña Dorotea.
Yo tenía la mirada fija en los arabescos del solado. Seguía con los ojos el dibujo de la línea anaranjada que sorteaba hojas verdes, baldosa a baldosa. Llegaron hasta los pies de Doña Dorotea, sentada en su silla con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los talones. En mitad del camino de la ruta del dibujo, apoyaba el tacón de su zapato casi desprendido por completo. Ahora no sé qué me pareció tan divertido en aquel momento, sólo recuerdo que la visión del tacón de la profesora partido me arrancó una nueva carcajada. Rebeca me siguió, sin intención, en las risas y hasta el cuarto de castigo.
A lo largo de los cursos que permanecimos en el Colegio de Nuestra Señora, fueron distintos los motivos que nos llevaron al aula de la represalia: nos cazaron una vez, por ejemplo, en plena misión intrusa a la zona enclaustrada del convento, lugar totalmente prohibido para las alumnas y de atractivo envilecedor por tanto. Nos convertimos en una pareja de hecho en la clase, unas Pili y Mili, el dueto que pensamos entonces, siempre sería inseparable. A partir de secundaria vivimos una particular ínsula preadolescente. Creamos un guetto de dos. Llegó un momento en el que no le gustábamos a la gente y la gente empezó a dejarnos de gustar a nosotras.
En una clase de matemáticas, ya tendríamos quince años según calculo, nos quitaron un papel con el que estábamos entretenidas. Se nos cuajó la sangre cuando Doña Aurora comenzó a leerlo en voz alta. La resignación era la única opción digna. Se trataba de unos premios a la mojigatería: una lista comentada de las lisonjeantes monjiles más destacadas, "Perritas falderas" era el título. Sobra decir que no gustó a las eternas opositoras a favoritas ni a la carne de cañón beata. Si bien previamente no éramos excesivamente populares, dimos unos motivos maravillosos para serlo menos aún. Tras el sobresalto inicial, estar a la cabeza de los personajes más criticados en la institución colegial, nos pareció una irónica y divertida forma de promoción en la escala social juvenil.
La sentencia de un mes de castigo con horario extraordinario de tres horas la acatamos con estoicismo de penitente. Casi llegando al fin del segundo trimestre y con la lluvia como artista invitada de los últimos coletazos del invierno; un plus de estudio diario no se hacía cuesta arriba y nos venía bien para afrontar los exámenes finales.
El aula vigilada por la madre Nazaret contaba con una pizarra siempre mal borrada y un perchero corrido en un lateral como única decoración. El gesto sobrio de la longeva monja disuadía de la mínima intención de cuchicheo. Los primeros días que cumplimos sanción, mi amiga y yo fuimos las únicas ocupantes de la sala. Una mañana supimos que Bibiana nos acompañaba a partir de entonces. La habían reprendido por no haber entregado un trabajo de Historia. Esa tarde, mientras ingeniándomelas estaba con unas ecuaciones, rompía decoroso el silencio de la sala el murmullo de unos lápices bailando sobre el papel. Terminada nuestra reclusión, cuando salíamos del colegio, no pude evitar preguntarle:
− Bibi, ¿Qué estabas dibujando? − las mejillas se le sonrosaron tras las pecas.
−Nada, tonterías.
− Anda ya, enséñanoslo, que he visto un dibujo en la portada de tu carpeta precioso − le instó Rebeca.
Bibiana sonrió y accedió a mostrarlo. Nos sentamos en los bancos que estaban justo a la salida. − Este pony siempre lo dibujo, le he puesto nombre: se llama Damisela.
No fue necesario que Rebeca y yo nos mirásemos, ambas sabíamos que estábamos pensando. El dibujo estaba perfectamente ejecutado, los tonos pastel y los trazos delicados le daban un aspecto etéreo. Conociendo el comportamiento habitual de Bibiana no hubiera debido sorprendernos su peculiar obra. Con una edad en la que las hormonas comenzaban a hacer de las suyas y las carpetas de quién más, quién menos, se llenaban de estrellas del rock; un edulcorado mini equino rodeado de flores aéreas resultaba muy infantil. Óbice podía resultar que su autora fuera la muñeca crecida de una madre cuya principal ocupación en su incipiente senectud era jugar a las casitas con la niña que tardó en llegar.
− No sabía que dibujaras así − le dije a Bibiana −, está muy bien hecho.
− ¿Sí? Es que practico muchas horas al día. Mi madre me ha dicho siempre que dibuje todo lo que quiera y eso hago.
−Está claro, porque los deberes es evidente que no.− Rió Rebeca el comentario que Bibiana no contestó.− No te enfades chica, estoy bromeando, aunque eso no significa que no sea cierto.
− ¿Te dejan que dibujes todo lo que quieras? ¿No se enfadan tus padres por tus notas?− Bibiana respiraba timidez, pero mientras guardaba la carpeta en la mochila y empezábamos a bajar la calle contestó.
.− No que dibuje todo lo que quiera, sino que cuando quiera algo, lo dibuje.A veces me regañan y se enfadan por las notas.
− ¿Qué más cosas que quieres dibujas? ¿Se cumplen?¡Si es así voy a escribir yo mis deseos!—le dije intentando mostrarle simpatía.
− No siempre. Hice muchos dibujos de Disneylandia y mis padres me llevaron hace dos veranos. Ahí sí, pero depende de lo que pinte, claro.
−Claro − secundó Rebeca.
De pequeña estatura y porte, Bibiana llevaba el uniforme del colegio: una falda de cuadros verdes y azules con un jersey verde sobre camisa, con recato y desgarbo. Tenía las pestañas largas y una voz templada que no empleaba a menudo. La encontraba peculiar en su normalidad, algo de complejidad fascinante debía haber en la sencillez y simpleza aparente. No se le conocían amigas, me inspiraba cierta lástima, el vacío social no le haría perderse nada interesante, pero no parecía haber escogido la condición de solitaria de motu proprio. Cuando llegó el momento de despedirnos en el cruce, invitamos a Bibiana a que nos acompañara a casa de Rebeca. Tuvimos que desviarnos por su calle para que consiguiera la autorización materna, eso sí, bajo la firme promesa de que la acompañaríamos a casa de vuelta. No había nada de extraordinario en nuestras reuniones femeninas de post sobremesa. Ver comedias almidonadas que obstruían nuestro imaginario romántico, mirar revistas y hacer sus cuestionarios, estaban entre nuestros entretenimientos preferidos. Nos reíamos mucho. Cada recuerdo que guardo de aquellos tiempos lleva grapada una risa. Risas nerviosas, carcajadas, risotadas, jolgorios varios a menudo acompañados de lágrimas e hipidos. He olvidado lo que se esconde de divertido en llamar a números de teléfono al azar, en hacerse pasar por tartamuda en una tienda, o en pasar toda una tarde hablando con un paródico acento francés, pero espero no olvidarme jamás de las risas.
Debimos reírnos mucho aquella tarde, ciertamente tuvimos que pasarlo bien, porque desde aquel día cada vez estuvo más presente Bibiana. Su sombra se fue entrelazando a la nuestra. Las primeras tardes tras las horas de castigo, en el recreo y las excursiones después, y en todas nuestras reuniones y salidas más tarde. Muy cerca, pero no dentro, era diferente. Había ciertas confianzas, actitudes y bromas en las que no quería o no sabía participar. No era dada al tacto físico y su poco desarrollado cuerpo de mujer daba con su actitud pocas señales de despertar sexual. Lo que había encontrado de entrañable en ella perduraba, pero los misterios se resuelven solventando dudas, y no cupo en ella ninguna más. Detrás de sus silencios y miradas vacuas, no había palabras ni puntos de vista, no había nada.
Los días lectivos yo tenía que estar en casa antes de las seis, pero era habitual que Bibiana se quedara en casa de Rebeca, a veces incluso hasta la cena. Me preguntaba siempre qué harían.
− ¿No te aburres tantas horas con ella?—Le llegué a decir un día a Rebeca. Estábamos en el recreo, sentadas donde solíamos sobre el suelo del patio, con las espaldas apoyadas en la blanca pared de aquel convento que llevaba en pie casi doscientos años. Las piernas estiradas, cubiertas las espinillas y pantorrillas por calcetines ejecutivos color azul marino, recibían rayos de sol de primavera en la carne de los muslos que conseguía escaparse bajo las faldas remangadas. Sin jersey, se abrían los escotes de los polos blancos de manga corta, también llenos de luz, como todo lo que recuerdo de entonces. Ahora aún conservo el placer inmenso de cerrar los ojos y dirigirme cual girasol en busca del calor del astro rey, como en los descansos matutinos de mi vida colegial.
− A veces me canso de que esté tanto tiempo en mi casa, pero habla más y es distinta cuando no estás tú.
No eran las medias tintas el idioma de mi morena amiga, de melena larga y ojos oscuros, tan desabrida que de sus pequeños dardos afilados no había quién se librara, ni siquiera yo. Ahora, con otra perspectiva, su dialéctica me parece plagada de pequeños sabotajes a la seguridad y autoestima de sus interlocutores. No sé qué intención tuvo su comentario, pero sin duda contribuyó al devenir del muro que se fue formando entre Bibiana y yo. Encima estaba sentada Rebeca, contándome su hartazgo ante la presencia continuada de la niña, pero nunca diciéndome que conmigo era mejor. Al otro lado del muro estaba Bibiana, en su inframundo, con sus colores, cada vez más bajo el regazo de Rebeca. No nadábamos entonces nosotras, ni nadie, por aquellos ríos que discurrían soterrados y que con el tiempo en algún lugar hallarían desembocadura.
Ritmos arrítmicos los de los años de adolescencia, donde el discurrir de la rutina de clases y vacaciones es lento y pausado, la sucesión de acontecimientos constante. El escaso y reciente pasado ha ocurrido hace eternidades y el futuro es anhelado e interminable.
Con el curso de las corrientes llegó el día de mi dieciocho cumpleaños. Para entonces hacía ya varios meses que había visto paliado el ostracismo del grupo. Tuvieron que ver el progresivo tedio que me suscitó la mezquindad y la crítica. Habíamos practicado estos deportes sin medida, pero de forma imperceptible habían ido dejando de ser divertidos para mí. A saber si fue una inquietud juvenil en busca de expresión o un regate al aburrimiento, pero me embarqué en unos talleres de teatro que se empezaron a impartir en el colegio. Había zarpado de nuestra isla. Suele ocurrir que cuando estás en un camarote, a bordo y atado en puerto, no te percatas que el barco se ha puesto en movimiento hasta que ya apenas se puede ver la orilla.
Para celebrar el día de mi decimoctavo aniversario había una fiesta en mi casa. Lo que en principio se trataba de una reunión informal para pasar la tarde fue convirtiéndose en un evento al que todo el mundo tenía pensado asistir. No se puede decir que estuviera nerviosa, de hecho ni siquiera había empezado con los preparativos cuando Sara, una compañera del taller, se presentó en mi casa dos horas antes de la fiesta ofreciendo su ayuda.
Movimos los muebles del salón de manera que quedara sitio suficiente para que la gente estuviera de pie en el centro, junto a la música. Ubicamos con las sillas distintos puntos de reunión junto a las paredes. Con la mesa y el aparador vestidos, hicimos una sección de comida y otra de bebida. Aún no había terminado de preparar los bocadillos y las pizzas cuando la gente empezó a llegar. Pude escaparme un momento para terminar de arreglarme. Mirando en el espejo me pinté los ojos, las pestañas, los labios… habían desaparecido las sombras negras y el color morado de la boca. Me solté la cola de caballo, ese peinado que había repetido una y otra vez, día tras día, pensando que si cambiaba mi pelo cambiaba toda yo.
Abrir la puerta, saludar, contestar el teléfono, entre tarea y tarea aparecieron Rebeca y Bibiana. Se sentaron en la cocina tras servirse un vaso de refresco. Se entretenían pintándose las uñas mientras yo iba y venía encargándome de los distintos menesteres. Con todo un poco más asentado, me pude sentar con ellas a charlar un rato hasta que llegó el momento más temido por todo homenajeado en tal tesitura:
−Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…− miraba el círculo que se había formado a mi alrededor. Estaban todos mis compañeros de humanidades, las chicas de teatro, muchas de otras aulas del colegio… Había caras que sabía haber visto pero que no acertaba a recordar el nombre. La luz de las velas convertía el ambiente. Las caras sonrientes iluminadas por la luz cálida y amarilla de las dieciocho velas me causaban extrañamiento. Contenta, sin saber dónde mirar, cruzaba los brazos e intentaba que la sonrisa no pareciera impostada. Me acuciaba la falta de costumbre de ser el centro de atención, en ese momento no era un personaje a quién miraban, me miraban a mí, a quién siempre se había refugiado en una esquina. Pero ahora por primera vez la protagonista era yo, o la yo de entonces, y me daba tanto apuro que podría haber echado a correr. Buscaba a Rebeca, su complicidad. Estaba casi a mi lado, movía los labios pero no cantaba. Quise cogerle la mano pero justo en ese momento se echó hacia atrás cambiándose de sitio.
−Abre primero el nuestro− me dijo Sara cogiendo de la mesa un paquete mediano envuelto en papel azul. Lo cogí de inmediato. Era una compilación de obras de Shakespeare dedicada por las compañeras de teatro Aún conservo el libro y lo guardo con cariño “La interpretación no es tu vocación secreta, es tu don evidente”. Me costó trabajo que la humedad en los ojos no llegara a mayores. Siempre me divertí haciendo imitaciones de todo cuanto veía en televisión, me había pasado muchas tardes con Rebeca parodiando algunas escenas ocurridas en el colegio. Hasta antes del taller jamás me lo había tomado en serio ni tenido idea de que se me diera especialmente bien.
Otras chicas de clase me regalaron una carpeta, Merche y Paz un bolso. Rebeca me había comprado un vestido de verano. Llegó el turno del regalo de Bibiana. Era un paquete cuadrado y plano de casi un metro de largo.
−Uy, que grande, a ver, a ver… Un cuadro ¡Qué bonito! ¿Soy yo? −. El colgante, la felpa, la mochila ¡hasta lo zapatos! El pelo no era igual exactamente pero no cabía duda. Nadie se dio cuenta a la primera − ¿Es Rebeca? − pregunté incrédula.
−¡Soy yo!− exclamaba ella mientras Bibiana musitaba un “sí”.
−¿Por eso no querías contarme que le ibas a regalar?− Rebeca estaba divertidísima, todos se giraban para mirla y ella levanta las cejas con sorna.
Todos se acercaban a mirar el cuadro y comentaba lo bonito que era. Yo no salía de mi asombro, miraba a Bibiana que estaba cabizbaja y sonrojada.
−Muchas gracias− le dije sin esforzarme en parecer convincente.
−Puedes ponerle velas, flores y rezarme− dijo, socarrona Rebeca. Sonrisas entre la concurrencia.
−También puedo mirarlo para tocarme pensando en ti. − Uuuuu −, es escuchó de fondo como un zureo. Todos rieron mi pasada broma menos Bibiana. Ella salió corriendo del salón emitiendo un sollozo. Salí corriendo tras ella y logré alcanzarla en el rellano.
−¿Se puede saber qué te pasa?− Bibiana se tapaba la cara mientras lloraba desconsoladamente.
−¿Quieres contestarme?− le insistí. Se secó las mejillas y colocó su melena corta detrás de la oreja.
−¡Déjala en paz!− me instó Rebeca que acababa de llegar. En ese momento escuchamos el pitido del ascensor mientras se abrían las puertas y Bibiana se apresuraba dentro.
−¿Tú también?
−Podrías mostrar un poco más de respeto.
−¡Sabes que era broma!¡Y mira quién viene a hablar de respeto!¡Tú la dejas en ridículo constantemente! Además ¡Has empezado tú! y ha sido ella quién ha empezado ¿A quién se le ocurre regalarme un cuadro tuyo?¿Por qué hace eso?
−¡No lo sé! Pero Bibiana jamás reiría de nadie.
−Es que no sé que es peor, hacerlo a posta o ser tan incapaz, no darse cuenta de cuando algo está fuera de contexto.
−Tú sí que estás fueras de contexto y no tienes ni idea− El tono de Rebeca enfadada siempre me impuso mucho respeto. Miraba muy fijamente y parecía que la voz le nacía del ombligo y la condescendencia del pie.
−¡Para colmo tú estás de su parte!
−Yo no estoy de parte de nadie.
−Pues hay que aprender que en esta vida hay que posicionarse a veces, tomar decisiones− Yo estaba alterada, y aguantaba las ganas que tenía de llorar.
−Sí, y a no aceptar ningún ultimátum. ¡Por favor! Ya no tenemos diez años.
Acto seguido entró a coger sus cosas para después desaparecer escaleras abajo. Yo seguí impertérrita en el rellano hasta que me sosegué y decidí disfrutar de mi primera fiesta, sin ella.
No supe nada de Rebeca durante días. Las clases habían acabado y la fiesta de graduación había sido antes de los exámenes. Sólo quedaba conocer las notas definitivas. En esos días estaba entretenida con el teatro. Fue tal el éxito que consiguió el pequeño montaje entre padres y profesorado, que nos motivó para organizarnos con la ayuda de la Señorita Lila que nos había dirigido, en una pequeña compañía. Íbamos a interpretar la obra en algunos pueblos de la provincia durante el verano y nunca los ensayos nos parecían suficientes. Cuando llegaba a casa derrotada cada noche, siempre tenía ganas de hablar con Rebeca. Podría haberlo hecho. Me imaginaba cómo sería la conversación, como siempre que nos habíamos enojado. Ella o yo llamábamos por teléfono, normalmente era yo la que lo hacía, y empezábamos a hablar como si nada hubiera sucedido. Al principio solía ser un poco seco, pero después hubiéramos seguido hablando como si tal cosa. A los quince minutos ya estaríamos tronchándonos juntas. Pero no la llamé y ella a mí tampoco me llamó. Mañana a lo mejor lo hago me decía, pero al día siguiente tampoco tenía la necesidad de hacerlo, y al otro, a veces, no me acordaba.
Esto terminó cuando llegó el día de las notas. Justo entraba por el ancho pórtico de madera del colegio cuando yo salía con mi radiante boletín bajo el brazo. Nos paramos tan sólo unos segundos sobre los arabescos de flores y líneas del rellano.
−¿Qué tal?
−Yo bien.
−Yo espero.
−¿Te espero yo fuera y bajamos juntas?
Apenas tardó diez minutos en salir, con la piel tostada por el sol que ya había tomado y su sonrisa radiante. Nos fuimos a tomar un refresco a una terraza cercana. Ambas podríamos disfrutar cuanto quisiéramos nuestro verano. La alegría nos embargaba y hasta sobraban temas de conversación: nuestros planes para el verano: el empleo que Rebeca tomaría en un campamento, mi gira con la recién nacida compañía y después, la Universidad. Estábamos demasiado pendientes de lo que íbamos a empezar como para reparar en lo que habíamos terminado. Todo estaba por delante y parecía imposible encontrar motivos por los que estar enojadas. Sólo al final le pregunté por Bibiana. Me contó que la había llamado un par de veces pero su madre no le había pasado el teléfono. Volvería a intentarlo antes de marcharse, aunque dudaba que fuera a atender, tampoco entendía muy bien que había ocurrido. Prometimos llamarnos, cartearnos, quedar a la vuelta del verano, tenernos al día. Hicimos algunas de esas cosas contadas veces. En ese momento no nos preocupamos por un incipiente ocaso de nuestra amistad, tampoco había motivos para hacerlo.
Ese día, cuando llegué a casa, me decidí a colocar el cuadro en mi cuarto. Busqué un caballete que sabía debía estar por allí. Cuando coloqué el cuadro en el trípode de madera me senté en la cama para mirarlo. Los ojos, las manos, los colores que había en ellas…volví a mirarle a los ojos, y la cara, de nuevo el gesto, me puse en pie, me alejé del cuadro, me volví a acercar, la melena corta, las pestañas… ¡Eran sus pestañas! El detalle definitivo eran los lápices de colores que llevaba en las manos. No sé cómo no me había dado cuenta antes. ¡La del cuadro era Bibiana vestida de Rebeca! ¿Qué sentido podía tener todo entonces? ¡Era una locura! Durante días repasé escenas de años, para comprobar si con el nuevo descubriendo las piezas empezaban a encajar. Todo podía tomar un nuevo matiz en mi recuerdo, bien es cierto que para matizar, limar y lacar nuestras memorias, ninguno necesitamos aliciente.
Ahora que pongo por escrito todos mis deseos, estoy redactando una obra de teatro con todo lo que pasó. En ella al final Bibiana obtiene lo que quiere. Hay una escena en la que yo me interpreto a mí misma, beso su auto-retrato y me deslizo entre las sabanas ante su mirada pictórica. Aparece y se tumba a mi lado Rebeca. A veces me la imagino, en la última fila del teatro diciendo ¡Es una locura! ¿Qué sentido tiene?

3 comentarios:

  1. Qué relato tan bueno, me ha encantado!!!

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  2. Como absorbe el relato,muy bueno.Me gustaría conocer el resto de la historia,realmente engancha.

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