Mientras esperan en el paso cebrado, Emma mira a Javier haciéndole un puchero, con unas lágrimas rebeldes amenazando con precipitarse al vacío desde el lagrimal. Le está pidiendo de forma tácita que le ayude a enfrentarse a la vida sin su perro, a la pena que le supone. Javier le echa cariñosamente el brazo por encima y la besa en el pelo, piensa en el luto y el drama que acaban de llegar, y como visita incómoda que son, se quedaran unos días.
Se dirigen en coche a las afueras, a un arbolado donde habían ido con Darling más de una vez a pasear. Llevan una pala en el maletero, que dentro de poco portará Javier hasta la sombra del árbol indicado. Emma se sienta apoyada en un tronco, con el perro junto a ella, y Javier comienza a cavar como puede, nunca lo ha hecho. Es mucho más dificultoso para él de lo que le había parecido en las películas. Esos gansters que remangados ahondan con hombría la pala en la tierra poco se parecen a él, además en los maleteros de sus cadillacs aguardan cadáveres humanos, no perros ancianos.
Las nubes oscuras que se han encargado todo el día de aportar el marco de tristeza y sobriedad, empiezan a romperse sobre sus cabezas sigilosamente.
−No, por favor −dice Javier mirando hacia arriba y despejando el sudor de la cara con las manos.
Reanudada su tarea, en la espalda corvada las gotas marcadas en la camisa son cada vez mayores. Hundiendo la pala más hondo, piensa en alguna de esas mañanas lluviosas en las que ha sacado a Darling antes de ir a trabajar. Le daba demasiada pena que Emma se despertara para sacar al animal cuando había tenido turno de noche en el hospital. Alguna vez se atrevió a decirle que era demasiado generosa con Darling, alterando horarios y haciendo malabares en su agenda para satisfacer los gustos del bicho.
Emma mira donde está Javier, pero está viendo cada uno de los instantes que puede rescatar de le memoria con su amigo, su niño. Se sobresalta cuando Javier le dice:
−Tenemos que irnos.
−No podemos irnos, hay que enterrar a Darling− contesta como si no diera crédito a la ocurrencia de su chico.
−Vamos a coger una pulmonía. ¿Ni siquiera ahora que ha muerto puedes mirar antes por nosotros que por tu perro?
Los ojos de Emma se abren más y fijan la vista en los de Javier. Tiene los labios apretados. Él sabe que es el signo inequívoco de su enojo, el concepto no verbal correspondiente a “Te has pasado, idiota”.
Se levanta dejando al animal muerto y envuelto junto al tronco. Le quita la pala a Javier:
−Si quieres espérame en el coche, será el último problema que te de el pobrecillo, también tendrá la culpa de haberse muerto −y con todas su fuerzas hinca la pala en la tierra mientras Javier se marcha enojado al coche.
La reacción no coge a Emma por sorpresa. En el tiempo que llevan juntos, siempre se ha mostrado incapaz de comprender que un animal, además de una responsabilidad indeclinable una vez que se adquiere, se convierte en un miembro de tu familia. Un ser que retroalimenta el cariño que le das.
La lluvia que encharca la tierra y empapa a Emma le facilita la tarea. Hinca la pala y la remueve para que el agujero abierto sea mayor. Recuerda las múltiples veces en las que su pareja no ha entendido la condición del animal. Frecuentemente había tenido que salir en defensa de Darling, un perro no tiene memoria, no es como ellos. No puedes regañarle por algo que hizo hace rato, o mantener un enfado a base de miradas inquisitorias contra él, como solía hacer Javier. Para él sólo vale el presente, el rencor o sus derivados escapan de su alcance.
Media hora ha pasado hasta que Emma ha entrado en el coche y se han puesto en camino. Esperan en el semáforo y el repiqueteo de la lluvia sonoriza la cólera que expiran e inspiran hinchando el pecho. Javier enciende la radio y viajan unos minutos callados hasta que es él el que dice:
−Es que eres muy cabezota.
−¿Qué quieres que haga?¿Que lo deje sin enterrar?¿Que me lo lleve a casa?
−Quiero que pienses las cosas antes de hacerlas. Que te des cuenta de que lo que has hecho no tiene sentido. Si hace falta se coge el perro y se tira a la basura, pero no te pasas media hora cavando bajo la lluvia, dejándote la espalda, o consintiendo que me la deje yo.
−Yo no te he pedido nada. No puedo dejarlo ahí solo, sin enterrar; no voy a dejarlo en un contenedor de basura para que acabe en un vertedero. No puedo hacerle eso.
−¡Pero tampoco puedes hacértelo a ti!¡Ni a mi! Te centras en cuidar de un perro y a veces ni siquiera puedes cuidarte a ti misma. ¡Y estás empapada, mira como me estás poniendo el coche! −. Al terminar, ya casi está gritando. El tono de Emma es aún más grave.
− Aparte de unos celos infantiles y un mosqueo tremendo por o ser el protagonista de todas las fiestas, eres tan sumamente prepotente y me tienes en tan poca estima, que no eres capaz de entender que alguien me necesite. ¡Tú no necesitas nada! Pero ¿Sabes qué? Yo a ti tampoco.
Están parados en un semáforo. Emma abre la puerta dispuesta a mojarse de nuevo. Cuando ya ha salido escupe en el asiento después de decir:
−Y mira lo que hago con tu coche.
Se marcha andando en una perpendicular dirección prohibida. Javier acelera y desaparece en el cruce. Llega a casa mucho antes que ella, enciende la televisión y no se inmuta hasta que hace rato que deja de oír nada en el dormitorio. Han pasado dos horas mostrándose imágenes bajo su mirada ausente.
Cuando abre la puerta despacio, escucha la respiración pesada del placer del sueño. Se sienta a su lado en el borde de la cama y le toca suavemente la cabeza. Cuando Emma abre los ojos, habituándose a la luz, lo mira y calla.
−Tómate esto, anda− había llevado en una bandeja un zumo de naranja, un antigripal, y una infusión caliente.
Ella aún está medio dormida, pero a diferencia de Javier no ha olvidado, de momento, el motivo inicial del enfado ni todo lo que se han dicho.
−Claro que te necesito Emma, y necesito que estés bien. Por eso me enfado cuando parece que tratas hacer lo contrario. Y claro que sé que puedes cuidar de alguien, lo haces conmigo todos los días.
Placidez, eso lo que le da a Javier la sonrisa que Emma le dedica. Se incorpora en la cama y se bebe el zumo de naranja tragándose la píldora antigripal. La infusión se la bebe despacio, recostada en el cabecero de la cama mientras Javier apaga las luces de la casa, se lava los dientes y se desnuda para meterse en la cama.
Rato antes de empezar a follar, se habían olvidado que pronto todo lo recordarían de nuevo.
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