Mira el cielo abierto a través de la ventanilla del avión. La luz, su paso entre las nubes y el espectáculo ofertado, no guardan el luto de su estrella que acaba de apagarse.
Sol espera para cruzar en la acera cuando Amadeo la ve por primera vez, hubiera sido imposible no hacerlo. La calle flanqueada por parcelas de chalets, intransitada, y ella con aquellas ínfimas bermudas y su melena rubia arrojándose a la espalda bajo la gorra. Detiene el vehículo y se deleita con el caminar de sus piernas al aire, se sorprende al ver que la muchacha no admira el ostentoso vehículo que le cede el paso en el cebrado.
Reanuda la marcha, mantiene el coche al ritmo de sus pasos, baja la ventanilla:
-Hola guapa ¿Vives por aquí?
Sol lo mira sin detenerse ni dar respuesta.
-Acabo de mudarme a la urbanización, a la parcela 118, me llamo Amadeo. ¿Cómo te llamas?
-¿Por qué iba a decírtelo?
- Porque si vives por aquí soy tu nuevo vecino, vivo sólo y el barrio está lleno de ancianos terminales.
Ella desaparece tras una cancela sin decir nada.
A amadeo le enoja su desdén pero se alegra de que entre justo en la casa que da a la parte trasera de la suya.
Las chicas no son un problema para él. No muy alto pero agraciado y de complexión atlética, se había granjeado el afecto y admiración del sexo opuesto con la bravuconería adolescente primero y con el despliegue y el derroche después. El ego y la testosterona alcanzan sus cotas máximas cuando folla por el dinero, no es que frecuente prostitutas, no a profesionales. Él y sus amigos, en las noches de ritual de desparrame, invitan a un grupo de chicas a su reservado de la discoteca y les ofrecen sin límite cocaína y alcohol. Gusta de ver en los ojos de la que encarte la idea de ser la elegida cuando la invita a desayunar en el jacuzzi de la terraza de su casa con vistas a la sierra. Ni las drogas ni el alcohol impiden la erección cuando pasmadas miran su recién estrenado hogar.
No pasa una semana cuando vuelve a ver a Sol. Amanece a las tres de la tarde de un domingo y al asomarse al balcón de su habitación la ve nadando. Había estado vigilando el jardín contiguo sin éxito hasta el momento. Al salir de la piscina, Amadeo la llama y la saluda con la mano. Sol mira y se mete en casa.
Con la llegada del verano son muchos los días que Amadeo ve a Sol en su jardín. El siempre la llama para saludarla desde la terraza del segundo piso para que ésta lo ignore. Una noche de insomnio se queda en el estudio jugando a la videoconsola hasta tarde. La luz que se enciende en la casa vecina, le descubre la ubicación de la habitación de Sol, antes de que ésta cierre las cortinas. Desde ese día, con la excusa del gusto en la variedad y la excitación de poder ser observado, fornica con sus ligues en el estudio con las ventanas abiertas y la luz prendida.
Fue a mitad de verano, ella, en su fotosíntesis particular en el jardín, tras el ritual del l saludo solitario de Amadeo. Sol se desprende de la parte de arriba del bikini. Amadeo no puede despegarse de la barandilla, absorto en la visión atenta de los pechos deseados y perfectos. Así pasan los minutos. Amadeo, pasmado, asiste al regalo de la mano derecha de Sol bajando por el vientre, abriéndose paso en la braguita , tocándose y retorciéndose sobre la hamaca, sólo para sus ojos. Amadeo sale de casa y llama en la cancela de la casa vecina, le abren sin preguntar, atraviesa el jardín delantero, Sol lo recibe en la entrada desnuda. Nada pasa por la cabeza de Amadeo, enloquecido, cierra la puerta y besándola la tumba en el recibidor.
Cuando caen exhaustos, Sol se levanta. Abre la puerta y echa fuera la ropa de Amadeo.
-Tienes que irte.
Sin dar crédito y aún sin aliento, Amadeo franquea la puerta y se dispone a coger sus cosas. Antes de cerrar la puerta le dice:
-Me llamo Soledad, pero todos me llaman Sol.
Tres días pasan. Son muchas las ganas de ver a Sol mas Amadeo no quiere parecer ansioso. Un ramo de veinte rosas aparece en casa de la chica, una tarjeta la cita para cenar a las nueve y media. A la hora prevista está todo preparado. Un catering de evento para dos. El camarero listo y la mesa decorada. Amadeo enciende un cigarrillo tras otro, mira el reloj. Tocan con los nudillos en la puerta de cristal que da a la piscina. Sol está al otro lado vestida de rosa; le explica que una amiga íntima vivía ahí con su familia y que el hueco en la verja que hicieron de niñas sigue donde siempre. Sol rechaza el vino y pide una cerveza. No menciona los preparativos de la cena y sugiere a Amadeo que despida al camarero para tener más intimad. Cuando se marcha:
-¿Por qué te llevabas a esas chicas frente a mi ventana?
-Para que me prestaras atención supongo. Cuando quiero algo no paro hasta que lo consigo, y parece ser que el plan no me ha salido mal.
-¿No? ¿Qué has conseguido?
Amadeo se sonroja levemente. No era Sol dócil ni una más de sus conquistas, se rehace.
-Que estés cenando aquí conmigo.
-Te conformas con poco entonces- le dice, dedicándole una mirada que borra de un plumazo el aire infantil que le da el vestido de verano y el lazo en el pelo.
-Eso, para empezar.-le responde. Se sirve el vino y alza la copa para brindar, Sol sonríe y Amadeo se relaja.
Sol pasa allí esa noche y muchas otras más a lo largo del verano. Siempre entra por la terraza y sube directamente al dormitorio. Una noche Amadeo no está solo. El ruido procede del salón y al acercarse Sol ve a tres hombres de espaldas manipulando algo en la mesa. Amadeo corre a su encuentro sacándola del salón, le advierte que no debe estar allí. Sol le besa.
-No seas desagradable ¡Qué maleducado! En lugar de enfadarte, podrías invitarme.
-¿De qué estás hablando? No has visto nada.
-Ni falta qué me hace ¿Me tomas por idiota? Las llamadas, los comentarios, la casa; siempre tienes coca. Soy una chica discreta y no pregunto lo que no quieren contarme.
-Sube a mi dormitorio, ahora voy
Amadeo se avitualla debidamente para agasajar a su chica. Sube sonriendo las escaleras de la casa, con el ego de un boxeador victorioso saliendo del ring.
Tras el sexo, cuando Amadeo le sugiere a Sol que se mude al chalet con él, no se espera como respuesta esa carcajada desternillada que no deja lugar a dudas. Paró la carcajada cuando Amadeo la abofeteó. Se sale de la cama, empieza a vestirse rápido, le grita:
-¿Te crees que voy a vivir con un traficante?¿Con un traficante que me ha puesto la mano encima?¡Estás loco y no vas a volver a verme!
-¡Cállate puta! ¿De dónde sino iba a salir el dinero que me gasto en los regalitos que te compro? De qué la coca que te metes, guarra. Ahora no me mires por encima del hombro como si fueras mejor que yo. ¡De mí no se ríe nadie! Sólo quieres que te folle y que te drogue.
-¡Eres un desgraciado que puede meterse sus drogas y su pasta por donde le quepan! Puedo acostarme con el tío que me da la gana y todos juntos no tenéis más dinero que mi padre. No eres más que un cretino, un camello con suerte, tan estúpido que no sabrías hacer otra cosa.
Amadeo vuelve a abofetearla.
Sol intenta arrastrase hasta la puerta de la habitación pero recibe una patada en el costado que vuelve a tumbarla. Ya no ve nada, sigue recibiendo golpes. Paran cuando no respira. El pelo revuelto y sangre en la boca. Llama a sus amigos, que siguen en el salón, empiezan a decidir que harán con ella. Los otros dos debaten la solución mientras Amadeo se queda atrapado mirando los ojos muertos de Sol, fijos y medio abiertos, evocadores siempre del celeste cielo, ahora fríos de azul noche, de sol asfixiado.
Le acosaría esa visión de forma espaciada, constante y prolongada. Dos días han pasado y Amadeo en el avión recuerda los ojos y el momento. Se repite que fue un accidente, que se había reído de él, que no te debe sentirse mal por ser lo que es, el dinero es el bonus de esta vida y él sabe como conseguirlo. Ningún argumento puede pesar más. No lo pillaron. Si llegó a arrepentirse o no, si la vida fue justa después con él o si aprendió la lección, si eso lo hizo más duro o peor persona no parecía importarle cuando, pasado un tiempo, volvió a los reservados de las discotecas y a follar en el estudio con las luces encendidas.
La misma escaleta pasada a un mexicano, a un venezolano y a una servidora, española. Tres Amadeos que estrán disponibles en el próximo número de la revista mitad doble. www.mitaddoble.com
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