Esto fue después del Verbo, después que el Verbo estuviera con Dios, después que el Verbo fuera Dios, después que Dios fuera Dios para los hombres, después que los Hombres llevaran a Dios a los altares y después que lo expulsaran de allí, para así construir sus templos para sí y su razón; pero antes que el tiempo fuera ahora, antes que se pudiera decir que había un antes, y que por eso desde siempre, que es antes, las cosas fueron como son ahora.
Ascendía el Hombre al templo; aquel que había hecho para sí y su razón, lugar de luz rutilante y puertas abiertas, pero dificultosos accesos, esto no impedía que pudiesen alcanzar el sitio viajeros despistados, que aun no conociendo los métodos de entrada, se veían sorprendidos por la clarividencia en el emplazamiento tras sortear abruptos caminos. Buscaba la respuesta para la sanación de las heridas del cuerpo. Llegó entonces a la cima y pudo encontrar el brebaje que haría arder la piel en matanza de microorganismos dañinos. Tan mágico como útil, no sólo santificaba la herida para después convertirla en cicatriz, sino que además tenía la propiedad de depurar los objetos, que tras entrar en contacto con él dejaban de ser nocivos y alienantes para la salud del Hombre.
Tiempo, no mucho y fue que el Hombre regresó vacilante al punto. Antes de emprender de nuevo el camino, había empleado el brebaje para combatir el recio frío invernal y aliviar los padecidos de la enfermedad a través de su ingesta. Comprobó además la pérdida del norte, la nívola en las ideas, el distanciamiento con la realidad y consigo, y le gustó. Se encamina de nuevo al templo agotado, aquejado de dolor en todas sus dimensiones dada la crudeza del camino. Se pregunta por qué ingirió hasta agotar los frascos sin mal alguno y arroja la pócima donde termina invisible la ladera de la montaña.
Llega a la cima de la montaña y sabe entonces que si bebió y no tenía frío, que si bebió y no fue como médico cuidado, sólo pudo ser para sanar las heridas del cuerpo que están en el revés de la carne. Ahora, le es imposible retornar inmediatamente, las fuerzas le han abandonado. El vertiginoso sendero le ha arrebatado la saliva, el pulso, el aire y el bienestar. Llora sólo y atrapado sin barreras ante la verdad descubierta y el sufrir de su cuerpo. Y es el eco del hombre, del llanto, de la ladera, del templo, de la luz, y del frasco que le responde, como don, la condena de su padecer en el camino a todos los que ingieran el druídico invento en exceso, tanto decidan subir al templo tanto que no, tanto que quieran descubrir la verdad de su condena, tanto que pretendan ignorarla para siempre.
Qué intensidad!!
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