Mi objetivo nunca fue ser como Cela, aunque claro que me hubiese gustado. Eso a lo que se le llama META, estaba disperso en destinos a corto plazo. Breves sprints de horizontes cercanos.
A cada final de etapa, llegaba con el pulso acelerado y el corazón tocando percusiones en el pecho. La satisfacción de cruzar cada línea nunca era suficiente como para reprimir mis ganas de empezar una nueva carrera. A veces, entre una y otra, me preguntaba si no estaba perdiendo el tiempo, si había sido un esfuerzo inútil en pro de conseguir una felicidad efímera. La respuesta siempre era la misma: no.
¿Significaba esto que el valor de mis logros fuera suficiente? En absoluto. Esto era así por la ausencia total de sacrificio que había en ellos. Mi capacidad de predisposición y entusiasmo por aquella época era elevada, eso facilitaba las cosas, pero aún así, en esos lapsus mentales de lucidez, era consciente de que había realizado el camino de una forma superflua.
Admiraba a los médicos, los abogados, los músicos. Aquellos que se habían inscrito en maratones profesionales. Yo hasta entonces me había pasado la vida haciendo gymkhanas sin relevancia ni importancia.
Mientras me titulaba en formación profesional, me federaba en Judo, o me examinaba con éxito del carnet de conducir; fantaseaba con la idea de una vida dedicada a la escritura.
Creo que era incapaz de emprender una labor de grandes dimensiones por la mínima intención de auto fustigación que había en mí. Sabía que plantearme objetivos realmente importantes implicaría un trabajo duro, y supongo que no estaba dispuesto a asumirlo. Eso sí, nunca dejaba nada a medias.
Que bien hubiera estado ser un premio Nobel, pero que difícil es.
Cuando finalmente decidí que la escritura sería la labor a la que dedicaría la búsqueda de la excelencia el resto de mi vida, sabía de antemano que no iba a hacer todo lo posible por conseguirlo: empezaba el camino torcido.
Hacer las cosas bien hubiera supuesto matricularme en filología para entender los secretos y la magia del castellano con fundamentos de causa, hubiera supuesto la privación de ciertos placeres hedonistas y efímeros con tal de dedicar el mayor tiempo posible a la honorable causa de las letras. En mis comienzos, aún no había asumido el compromiso real de la decisión y a día de hoy, consciente de lo que implica el maridaje con la palabra, ya es tarde para mí.
Qué iluso. Incapaz de escribir un relato de más de tres folios, que es lo que se escribe en una sesión, y creyéndome que algún día podría ser alguien.
Cuando pasó algún tiempo, conocedor de mis límites y harto de relatos inacabados; en bulimias de autocontrol, permanecía despierto hasta el amanecer concluyendo alguna historia de insufribles personajes y dudosas formas.
En esas terapias de exorcismo, pensaba en Cela. Me imaginaba su máquina de escribir en la habitación oscura. Yo tenía la luz encendida y escribía en un portátil. No tener la mínima idea mecanografiar decentemente descartaba por completo jugar a oficio de tinieblas. Me pareció gracioso pensar que la mía sería la versión 2.0, por las características mismas del aparato y por la música electrónica que acompañaba mis noches ¿Casualidad o causalidad que sea idéntico al nombre de mi disco favorito de Garbage? Una tontería como otra cualquiera, de esas que me pasaban por la mente cuando las musas me abandonaban a mi triste suerte.
Con el paso del tiempo empecé a esforzarme un poco más. Además de luchar contra los grilletes de la vagancia dedicaba más tiempo a leer aquellos escritores ilustres que debía haber conocido desde hacía tiempo.
No dio resultado; al menos, el esperado. En lugar de encontrar progresos en mi enmienda, cada vez se me antojaba más cuesta arriba el camino. Me enfrascaba en lecturas que me clarificaban la idea de que jamás podría alcanzar ese nivel de perfección del lenguaje escrito; aún así no desistí.
Paulatinamente, cuando el sueño estaba a punto de dar al traste con mis fuerzas, y las letras se atoraban en las yemas de mis dedos, la luz al final del túnel aparecía en forma de citas de grandes. Súbitamente, entre una línea y otra, entre párrafos cortos o largos, entre diálogos o descripciones, sentía que la única manera de encontrar sentido a mis palabras, la forma de llenarlas de sentimientos, conceptos y significados; era ilustrarlas con aquello que me había hecho sentir, entender o pensar.
De la boca de los padres de mis creaciones salían versos de Goytisolo para su escondida hija Julia: "La vida es bella, ya verás como a pesar de los pesares tendrás amigos, tendrás amor ", de las chicas con problemas, monólogos internos de Lucía Etxeberría, y de los burgueses acomodados, palabras cargadas de la ironía de Oscar Wilde. Aumentaba la velocidad de mi carrera y se alejaba el fin de la misma. La línea con la preciada bandera a cuadros blancos y negros que marcaría en fin del camino, el éxito literario, se distorsionaba como la imagen del torpe miope cuando no porta sus gafas y es que:”No tiene valor alguno simplemente citar lo que otra persona haya dicho. Repetir una verdad que no ha sido hecha propia es repetir una mentira.” Que diría Krishnamurti.
Sabía que me estaba convirtiendo en una mentira, y al releer y repasar lo escrito, la reacción era siempre la misma: botón derecho del ratón, eliminar. Mis letras carecían de esencia y vida propia convirtiendo mi futuro como escritor en un camino peor que incierto. Por primera vez en mi vida iba a desistir de un objetivo, del único realmente importante que me había propuesto, y eso me aterraba. No podría encajarlo.
Además de la pérdida absoluta de consistencia en mis textos, si alguna vez hubo apenas sombra de ella; el pavor; la inseguridad; y las noches en vela; comencé a tener otra suerte de efectos secundarios, ninguno placentero, creedme. Si en el pasado mi sola presencia en una biblioteca me devolvía la calma, si entrar en una librería y leer los títulos y autores de los cantos de colores debidamente ordenados en las estanterías se me antojaban puertas abiertas a viajes extraordinarios con billete de ida y vuelta de plácida lectura en el bolsillo, nada volvería a ser como antes. Sólo poner un pie en estos templos del saber literario era suficiente para que la ansiedad se apoderara de mí. –Inútil, más que inútil- me decía. No causaban mi enfado los textos de Balzac o Flaubert, mi corto entendimiento acertaba a que se trataba de otro nivel en los anales de la Historia. Me ofendían en grado sumo las decenas de autores anónimos que atestaban los catálogos de las editoriales, aquellos que no eran nadie; porque precisamente ellos, los autores desconocidos que habían logrado al menos ver su nombre en una portada publicada, eran los que me convertían en un Nada, menos aún que un Nadie, en una existencia literaria para mí presente, pero de presencia totalmente ausente.
Las palabras de Fabian Polosecki ilustraban mi triste existencia: "Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener ninguna historia que contar: es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”
Quizás no lo crean. Pero empecé a ver la televisión. Ese aparto infame lleno de predadores de fama sin oficio pero con mucho beneficio. Intenté vaciar mi mente, llevarla a la nulidad para quizás volver con fuerzas renovadas. Ese momento nunca llegó. Paseaba mis días de tedio por este mundo como un abúlico mental.
Como ustedes comprenderán no podía mantener esta situación de insalubridad vital por mucho tiempo. Después de descender a los infiernos de mi mismo, firmo en esta carta lo que para mí es una nueva esperanza al tiempo que una despedida. De tomar lo que me place de lo que no es mío aprendí que: “Soldado que huye, sirve para otra guerra” y que "Jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino". Yo no conozco el camino, pero he de tomar un rumbo, siempre por supuesto cerca de mis preciadas letras. Apuesto acertar en esta ocasión. Entiendo que esta carta de presentación al puesto de bibliotecario les parezca extraña ya que además de un puesto de trabajo, suplico redención.
Mención especial Málaga Crea Literatura 2009
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