martes, 19 de mayo de 2009

Idas y venidas

No importa a que hora llegue el tren, siempre se repite el proceso, los movimientos, los vaivenes, la sensación. Cuando pueden verse los desvencijados polígonos de las afueras de la ciudad, el pasaje comienza a ponerse en pie en un ritmo unísono como si de un acuerdo tácito se tratara. Te pones de pie estirándote la ropa, quizás compruebas en el reflejo de la ventana como de adormilado parece tu rostro tras el viaje, recoges tus cosas y te encaminas a la puerta del vagón. No llega antes de hora a destino por estar preparada, continúa la espera, sólo que ahora ya no estás tranquilamente sentada. Tal vez algún grupo rompe la escena comentando los pormenores del viaje y ríen entre bromas, a lo mejor se han tomado una copa de más de la cafetería y se les nota los efectos del alcohol.

El viaje suele ser cómodo y grato, no sin esfuerzo consigo abstraerme del vaso de corcho del café, del plato de papel de las tostadas y de la bolsa de plástico que envuelve los cubiertos del mismo material para centrarme en el romanticismo de la merienda a bordo con vistas a los paisajes verdes andaluces.

Cuando por fin nos detenemos, aguardamos anhelantes el sonido de la puerta al abrirse y nos encaminamos a la estación desde el andén, el paso es tan ligero como las maletas nos permiten. Es el instante donde el romanticismo más que desaparecer, me busca para humillarme pegando más fuerte a la puerta: “He venido a buscarte ¿Estás sola? Veo que sí, vuelvo en otro momento”.No habrá nadie esperando mi llegada.

Un grupo de pasmarotes esperan de pie intentando distinguir entre los que nos apeamos esa cara conocida que les saludará con una sonrisa y un abrazo y a la que le preguntarán:” ¿Qué tal el viaje?”


Que no avise a nadie de mi hora de llegada no impide que examine cada uno de los rostros en busca de alguno conocido. Es inconsciente y automático. Casi pasaba ya con los ojos al turno del siguiente cuando volví a mirarle y sonreí. Seguía avanzando junto al tren pero ya no recorría ansiosa una cara tras otra. Se había arreglado solo para mí. Quiero pensar que su sonrisa decía “¿Por qué has tardado tanto?”, porque al acelerar el paso le estaba diciendo:” ¿Qué más da? Ya estoy aquí”.

De buen grado hubiera alzado la voz gritando a todos cuantos pudieran oírme: ¡Han venido a buscarme!”. No tendría que hacer de nuevo el último esfuerzo de convertir las tripas en corazón mientras marcho a casa pensando que mi llegada ha sido tan insípida como siempre, que la bandera que porto día a día con los sentidos más literales de la revolución romántica se ha girado para volver a pegarme con el mástil en la boca.

Lo primero que hice fue cogerle la mano, después, obviamente, nos besamos. Qué clase de recibimiento hubiera sido sin beso, es el sumando necesario, la pauta inalienable.

Me marché satisfecha y sin decir nada. Cuando continué mi camino no pude evitar girarme para, como suponía, ver a aquel muchacho patidifuso e inmóvil sin saber que hacer. Dudo que nunca una desconocida se le hubiera precipitado a los brazos en una estación. No hubiera sabido explicarle que detesto perder y que me había ayudado a ganarle una nueva batalla al lado oscuro de cupido.

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