Éste seguirá siendo el lugar donde aparezcan mis relatos publicados premiados. Pero esto no es un blog que se precie, sólo tiene relatos que corregí posteriormente y llenos de erratas. Porque a escribir se aprende escribiendo. Porque siempre tengo cosas que decir aunque a nadie le interesen. Porque un día uno se llena de buenos propósitos ignorando si será capaz de cumplirlos. ¿Seré capaz de vencer a la inconstancia y mantener actualizada esa mierda? De momento no lo sé, mas a partir de ahora, tiemblo.
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Vivir volcando
Texteces de Nuria Cabello
domingo 24 de abril de 2011
lunes 13 de diciembre de 2010
Premio narrativa joven certamen "Javier Espinosa" 2010
Vísperas de nada
1
La primera vez que salió, no tardó en volver a entrar. Nada se había alterado a su alrededor, y ni siquiera le dio tiempo a comprobar si él había cambiado o no. No hubo toma de decisiones ni tiempo de reflexión. Lo que para él habían sido un par de semanas de entrevistas, chequeos médicos, físicos y psicológicos –superando todos la categoría de soberano aburrimiento-, en la calle “Los reductos” habían sido dos largos años.
Un poco cansada le pareció que estaba su madre, nada más. Con el aturdimiento achacado a los efectos del porro que le dieron nada más recogerlo -y la mayor efectividad de éste tras haber permanecido una temporada limpio-, no se percató de los centímetros que habían crecido las grietas de las paredes; ni de que su amigo, su colega, su compadre Luismi, le cogía el culo a su hermana cada vez que ésta recogía algo de la mesa. No atisbó que la furgoneta estaba más desvencijada, y el perro más gordo. A que estos cambios pasasen desapercibidos contribuía que reconoció las mismas caras en el bar de la esquina, y que las sábanas raídas colgaban como siempre en las balconadas a la calle.
Caminar junto a su hermano y Luismi entre las oscuras calles del barrio “La Chesca” horas más tarde tampoco resulta ninguna sorpresa. Unos críos sin camiseta juegan al futbol en el callejón, y las chicas hacen corrillos cacareantes. La voz ronca de su madre farfulla con las vecinas en un hilo musical asimilado. Sin luto, sin pausa, sin cigarrito de después, Ángel Gabriel, más por inercia que por iniciativa, ya está incluido en los planes del día. Como tantas veces, irán a arreglar unos asuntos. Caminan concentrados en estar distraídos. No se otea en sus cabezas el espejismo, siquiera la idea, de verse así mismos como camellos de poca monta; como el último eslabón de una cadena que parte de la marginalidad, que sobreviven pero no se plantean, hasta el lujo ostentoso, del que sueñan su existencia pero apenas imaginan. No se antojan de entenderse al uso de delincuentes comunes, maleantes, rateros, equilibristas en la cuerda de la legalidad y la subsistencia. Llegan a la vivienda, un bloque cuadrado de ladrillo visto, igual al anterior, que es igual al anterior y que a su vez es igual al anterior mostrando lo poco que hicieron las VPO de los años setenta por la estética urbanística. Con la espalda apoyada en la pared, en un descarado gesto de disimulo, guardando el portal donde sus acompañantes se hacen con el avituallamiento, algo empieza a bullir en nebulosa, flashbacks espontáneos, postproducción de andar por casa. La misma calle oscura u otra parecida, la luz al fondo, las luces de la policía, las sirenas, los agentes, la carrera “¡Quietos!”. Correr, correr, y no parar de correr. Se asfixia, “puto tabaco”. El pulso en el pecho y las sienes. Los demás se pierden al fondo. “¡No te muevas!” .La dulce voz de la doctora Verónica en la consulta “¿Sabes lo que haces? ¿Sabes porqué está mal? ¿Sabes porqué estás aquí? ¿Qué crees que es el mal?”. Se sobresalta con el ruido de la puerta mientras sus compinches salen con sonrisa de victoria.”Volvamos a casa”.
2
Para Ángel Gabriel, las mañanas nunca comenzaban antes de las doce. El día era claro. El sol reflejaba en las paredes blancas y en las no tan blancas. El hedor de la basura que había dejado el camión, aquél de la empresa municipal de limpieza que ya no se dignaba a parar por allí, apenas lo percibían los viandantes del mismo hábito creado en sus, a menudo, malsanas pituitarias. Las amas y sultanas de casa volvían de hacer la compra en el mercado. Estaba en el banco, liándose un cigarro con algo más que tabaco. Sólo debía sentarse y esperar. Bajo la cruz verde de la farmacia marchaban ágiles las palabras: "Abierto de 10:00 a 22:00, 365 días, 19º 5/12/2008, 13:00 p.m." Cinco de diciembre del dos mil ocho. Recordó que había olvidado los últimos dos años. Por unos instantes vio diáfana en su mente la carta: "Diagnóstico y resolución: Dos años de terapia de equilibrio y reeducación”. Traducción in situ: dos años dormido, dos años de vida.
Cuando su abogado le comentó la posibilidad de entrar en el programa de prueba, en primera instancia, no supo decidir si aquello era bueno o malo. De un lado evitaba la cárcel, pero de otro se pasaría cómo condena dos años en un estado de coma inducido. El tratamiento que la carta definía como “reeducación”, consistía en una serie de audiciones sistemáticas durante su pequeña siesta: cintas de filosofía, didáctica, arte; y si la situación diplomática estaba tensa, alguna que otra religiosa católica también podía caer. -¿Qué son dos años?- le repitió una y mil veces su abogado. Poco a poco, pseudomadurando la idea, lo tomó como la mejor opción. Siempre había sido un chico bastante “inquieto”, y de este modo todo se convertía en un trámite burocrático sin la necesidad de estar encerrado (o al menos de forma consciente). Nunca había estado en presidio, pero no le daba ningún miedo. No delató a nadie en su detención y eso siempre da cierto prestigio en el mundillo camellil. Sus socios estaban más que dispuestos a seguir tratando con él a su salida, cabeza de turco barata, de las de toda la vida. Ahora, según su documento nacional de identidad que nunca llevaba encima, tenía veintiséis años; pero el espejo seguía devolviéndole la imagen de “El Angelillo”, de tan sólo veinticuatro, un poco demacrado.
En una ocasión, mientras esperaba en el despacho, escuchó de soslayo a su abogado discutiendo con su compañera:
-A mí no me castigues los oídos con tu panfleto charlatanesco. Es digno del mejor puritano. Vale, dos años no son nada, pero después ¿qué? Estás colaborando en la instauración de un método que lleva la hipocresía social al grado sumo.
-El sistema ya está instaurado, se trata sólo de una depuración del mismo ¿Acaso los centros carcelarios no llevan la penitencia intrínseca hasta en sus rótulos de entrada, mientras que el código penal ampara a los presos como enfermos? ¿No existe un descontento consensuado acerca de la buena vida de los delincuentes en prisión?
-El discurso fariseo continúa con la parte de:”Qué mejor manera de condenar de forma tajante las actitudes sociópatas sin caer en la violación de los derechos y las dignidades humanas”.
-Veo que te lo sabes, pero iba a decirte que el ensayo pretende probar la tesis de que la pérdida de la vida propia es la vía didáctica más efectiva para la enseñanza del valor de la misma, sin la silla eléctrica yanky claro está.
-Que civilizamos somos. El ojo por ojo progre me estás contando.
-Dos añitos chiqui, una cabezadita.
Cuando volvió al despacho Ángel se enderezó en la silla “Tiene carácter” le dijo con una sonrisa. A lo que su abogado contestó:”No lo sabes tú bien”.
En aquel banco, en su fotosíntesis particular, fue interrumpido por su primer cliente del día.
–Diez euros- le dijo el chaval que apenas aparentaba diecisiete años.
–Sólo tengo barras de veinte, tío.
– Va, si te lo compro, me lo voy a fumar –bromeó.
–Y si no me lo compras vendrás a verme antes, como si no lo supieras ya.
-También es verdad.
El joven se marchó, aún no le había dado tiempo a guardar el dinero en el bolsillo, cuando dos tipos que estaban sentados en la terraza del bar comenzaron a caminar hacia él. Ángel no tenía un pelo de tonto; olía a los secretas; se maldijo por no haberse fijado en ellos antes, y emprendió un paso rápido. A menudo la policía, en esta serie de acciones, se disuadía al verse reconocidos con tal de no emprender una persecución y armar una zapatiesta en la barriada: éste no era el caso. Apretaron éstos el paso también obligando a Ángel a empezar a correr.
-¡Deténgase, policía!
No pararía por nada del mundo. El instinto manda. Corría todo lo que sus piernas daban de sí, pero se notaba desentrenado. Los policías cada vez estaban más cerca. No lo pensó dos veces y abrió la puerta del conductor de un Peugeot que aguardaba en un semáforo. La chica, en lugar de asustarse, le dio una tarascada en la cara, por lo que no tuvo más opción que abofetearla y sacarla de un tirón del vehículo.
Sabía que si le volvían a pillar estaría metido en un buen lío, llevaba 200 gramos de cannabis encima y veinte de cocaína. Si se desprendían de ellos el embrollo no sería menor, trabajaba a fío y su mercancía no valía menos que su vida. Un vehículo ploteado con las nefastas palabras “POLICIA NACIONAL” encendió las luces dispuesto a darle caza. Ángel hizo que media plantilla local de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado emprendiera en su búsqueda aquella mañana. La cacería devino en un espectáculo hollywoodiense de trágico final.
3
Los presos expuestos al expediente de prueba estaban sometidos a una especial vigilancia, más allá de lo que entendemos por juicio rápido. No fue una decisión consensuada. El debate estaba abierto y las opiniones al respecto eran divergentes. Las apenas cuarenta y ocho horas que Ángel Gabriel había estado en libertad eran prueba irrefutable de que el sistema no era efectivo y debía ser abortado; claro que del otro sector se oían voces que apuntaban la necesidad de endurecer y alargar los periodos de tratamiento. En dos días, el conocido como “El Ángelillo”, no sólo había retomado su carrera profesional de pasadrogas de barrio; sino que además había huido de un control policial atropellando a un peatón en su escapada. Ojo por ojo, vida por vida. "Diagnóstico y resolución: Veinte años de terapia de equilibrio y reeducación”.
Como la canica que nadie sabe donde ha ido a parar cuando termina de rodar, permaneció Ángel escuchando en ensoñaciones todos los vestigios culturales habidos y por haber hasta el siglo XXI. En su despertar, se sintió cansado, muy cansado. Fisioterapia, tests, psicología, medicina. Pasaba de despacho en despacho, intentando contestar a todas las preguntas. Apenas si era capaz de reconocer sus propias respuestas. A pesar de que la mayoría de las veces no era capaz de decantarse hacia un lado cuando de posicionamiento político, histórico o ético se trataba, si que era conocedor de las argumentaciones por ambas partes. Era como si las palabras que salían de sus labios siempre hubieran estado ahí. Cuando le devolvieron sus efectos personales ahí estaba su cristo de oro, que miro con recelo. Los despachos por los que había pasado eran similares y con denominadores comunes. Los baños eran blancos y limpios. Los espejos atroces. Ángel Gabriel lejos de “Angelillo”, cerca de la razón, próximo a la culpa, encima del odio y bajo la impotencia; al ver la imagen que le devolvía el espejo con 22 años más y breves recuerdos desde la fatídica carrera; jugó a volar en el vacío para perder. Pasó a formar parte de “Estadística de prueba del método de equilibrio y reeducación” como “Caso número 15: suicidio”. Igual que el caso anterior, igual al caso anterior. “Puto tabaco”.
Premio narrativa joven certamen "Javier Espinosa" 2010. Ayuntamiento de Campillos
1
La primera vez que salió, no tardó en volver a entrar. Nada se había alterado a su alrededor, y ni siquiera le dio tiempo a comprobar si él había cambiado o no. No hubo toma de decisiones ni tiempo de reflexión. Lo que para él habían sido un par de semanas de entrevistas, chequeos médicos, físicos y psicológicos –superando todos la categoría de soberano aburrimiento-, en la calle “Los reductos” habían sido dos largos años.
Un poco cansada le pareció que estaba su madre, nada más. Con el aturdimiento achacado a los efectos del porro que le dieron nada más recogerlo -y la mayor efectividad de éste tras haber permanecido una temporada limpio-, no se percató de los centímetros que habían crecido las grietas de las paredes; ni de que su amigo, su colega, su compadre Luismi, le cogía el culo a su hermana cada vez que ésta recogía algo de la mesa. No atisbó que la furgoneta estaba más desvencijada, y el perro más gordo. A que estos cambios pasasen desapercibidos contribuía que reconoció las mismas caras en el bar de la esquina, y que las sábanas raídas colgaban como siempre en las balconadas a la calle.
Caminar junto a su hermano y Luismi entre las oscuras calles del barrio “La Chesca” horas más tarde tampoco resulta ninguna sorpresa. Unos críos sin camiseta juegan al futbol en el callejón, y las chicas hacen corrillos cacareantes. La voz ronca de su madre farfulla con las vecinas en un hilo musical asimilado. Sin luto, sin pausa, sin cigarrito de después, Ángel Gabriel, más por inercia que por iniciativa, ya está incluido en los planes del día. Como tantas veces, irán a arreglar unos asuntos. Caminan concentrados en estar distraídos. No se otea en sus cabezas el espejismo, siquiera la idea, de verse así mismos como camellos de poca monta; como el último eslabón de una cadena que parte de la marginalidad, que sobreviven pero no se plantean, hasta el lujo ostentoso, del que sueñan su existencia pero apenas imaginan. No se antojan de entenderse al uso de delincuentes comunes, maleantes, rateros, equilibristas en la cuerda de la legalidad y la subsistencia. Llegan a la vivienda, un bloque cuadrado de ladrillo visto, igual al anterior, que es igual al anterior y que a su vez es igual al anterior mostrando lo poco que hicieron las VPO de los años setenta por la estética urbanística. Con la espalda apoyada en la pared, en un descarado gesto de disimulo, guardando el portal donde sus acompañantes se hacen con el avituallamiento, algo empieza a bullir en nebulosa, flashbacks espontáneos, postproducción de andar por casa. La misma calle oscura u otra parecida, la luz al fondo, las luces de la policía, las sirenas, los agentes, la carrera “¡Quietos!”. Correr, correr, y no parar de correr. Se asfixia, “puto tabaco”. El pulso en el pecho y las sienes. Los demás se pierden al fondo. “¡No te muevas!” .La dulce voz de la doctora Verónica en la consulta “¿Sabes lo que haces? ¿Sabes porqué está mal? ¿Sabes porqué estás aquí? ¿Qué crees que es el mal?”. Se sobresalta con el ruido de la puerta mientras sus compinches salen con sonrisa de victoria.”Volvamos a casa”.
2
Para Ángel Gabriel, las mañanas nunca comenzaban antes de las doce. El día era claro. El sol reflejaba en las paredes blancas y en las no tan blancas. El hedor de la basura que había dejado el camión, aquél de la empresa municipal de limpieza que ya no se dignaba a parar por allí, apenas lo percibían los viandantes del mismo hábito creado en sus, a menudo, malsanas pituitarias. Las amas y sultanas de casa volvían de hacer la compra en el mercado. Estaba en el banco, liándose un cigarro con algo más que tabaco. Sólo debía sentarse y esperar. Bajo la cruz verde de la farmacia marchaban ágiles las palabras: "Abierto de 10:00 a 22:00, 365 días, 19º 5/12/2008, 13:00 p.m." Cinco de diciembre del dos mil ocho. Recordó que había olvidado los últimos dos años. Por unos instantes vio diáfana en su mente la carta: "Diagnóstico y resolución: Dos años de terapia de equilibrio y reeducación”. Traducción in situ: dos años dormido, dos años de vida.
Cuando su abogado le comentó la posibilidad de entrar en el programa de prueba, en primera instancia, no supo decidir si aquello era bueno o malo. De un lado evitaba la cárcel, pero de otro se pasaría cómo condena dos años en un estado de coma inducido. El tratamiento que la carta definía como “reeducación”, consistía en una serie de audiciones sistemáticas durante su pequeña siesta: cintas de filosofía, didáctica, arte; y si la situación diplomática estaba tensa, alguna que otra religiosa católica también podía caer. -¿Qué son dos años?- le repitió una y mil veces su abogado. Poco a poco, pseudomadurando la idea, lo tomó como la mejor opción. Siempre había sido un chico bastante “inquieto”, y de este modo todo se convertía en un trámite burocrático sin la necesidad de estar encerrado (o al menos de forma consciente). Nunca había estado en presidio, pero no le daba ningún miedo. No delató a nadie en su detención y eso siempre da cierto prestigio en el mundillo camellil. Sus socios estaban más que dispuestos a seguir tratando con él a su salida, cabeza de turco barata, de las de toda la vida. Ahora, según su documento nacional de identidad que nunca llevaba encima, tenía veintiséis años; pero el espejo seguía devolviéndole la imagen de “El Angelillo”, de tan sólo veinticuatro, un poco demacrado.
En una ocasión, mientras esperaba en el despacho, escuchó de soslayo a su abogado discutiendo con su compañera:
-A mí no me castigues los oídos con tu panfleto charlatanesco. Es digno del mejor puritano. Vale, dos años no son nada, pero después ¿qué? Estás colaborando en la instauración de un método que lleva la hipocresía social al grado sumo.
-El sistema ya está instaurado, se trata sólo de una depuración del mismo ¿Acaso los centros carcelarios no llevan la penitencia intrínseca hasta en sus rótulos de entrada, mientras que el código penal ampara a los presos como enfermos? ¿No existe un descontento consensuado acerca de la buena vida de los delincuentes en prisión?
-El discurso fariseo continúa con la parte de:”Qué mejor manera de condenar de forma tajante las actitudes sociópatas sin caer en la violación de los derechos y las dignidades humanas”.
-Veo que te lo sabes, pero iba a decirte que el ensayo pretende probar la tesis de que la pérdida de la vida propia es la vía didáctica más efectiva para la enseñanza del valor de la misma, sin la silla eléctrica yanky claro está.
-Que civilizamos somos. El ojo por ojo progre me estás contando.
-Dos añitos chiqui, una cabezadita.
Cuando volvió al despacho Ángel se enderezó en la silla “Tiene carácter” le dijo con una sonrisa. A lo que su abogado contestó:”No lo sabes tú bien”.
En aquel banco, en su fotosíntesis particular, fue interrumpido por su primer cliente del día.
–Diez euros- le dijo el chaval que apenas aparentaba diecisiete años.
–Sólo tengo barras de veinte, tío.
– Va, si te lo compro, me lo voy a fumar –bromeó.
–Y si no me lo compras vendrás a verme antes, como si no lo supieras ya.
-También es verdad.
El joven se marchó, aún no le había dado tiempo a guardar el dinero en el bolsillo, cuando dos tipos que estaban sentados en la terraza del bar comenzaron a caminar hacia él. Ángel no tenía un pelo de tonto; olía a los secretas; se maldijo por no haberse fijado en ellos antes, y emprendió un paso rápido. A menudo la policía, en esta serie de acciones, se disuadía al verse reconocidos con tal de no emprender una persecución y armar una zapatiesta en la barriada: éste no era el caso. Apretaron éstos el paso también obligando a Ángel a empezar a correr.
-¡Deténgase, policía!
No pararía por nada del mundo. El instinto manda. Corría todo lo que sus piernas daban de sí, pero se notaba desentrenado. Los policías cada vez estaban más cerca. No lo pensó dos veces y abrió la puerta del conductor de un Peugeot que aguardaba en un semáforo. La chica, en lugar de asustarse, le dio una tarascada en la cara, por lo que no tuvo más opción que abofetearla y sacarla de un tirón del vehículo.
Sabía que si le volvían a pillar estaría metido en un buen lío, llevaba 200 gramos de cannabis encima y veinte de cocaína. Si se desprendían de ellos el embrollo no sería menor, trabajaba a fío y su mercancía no valía menos que su vida. Un vehículo ploteado con las nefastas palabras “POLICIA NACIONAL” encendió las luces dispuesto a darle caza. Ángel hizo que media plantilla local de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado emprendiera en su búsqueda aquella mañana. La cacería devino en un espectáculo hollywoodiense de trágico final.
3
Los presos expuestos al expediente de prueba estaban sometidos a una especial vigilancia, más allá de lo que entendemos por juicio rápido. No fue una decisión consensuada. El debate estaba abierto y las opiniones al respecto eran divergentes. Las apenas cuarenta y ocho horas que Ángel Gabriel había estado en libertad eran prueba irrefutable de que el sistema no era efectivo y debía ser abortado; claro que del otro sector se oían voces que apuntaban la necesidad de endurecer y alargar los periodos de tratamiento. En dos días, el conocido como “El Ángelillo”, no sólo había retomado su carrera profesional de pasadrogas de barrio; sino que además había huido de un control policial atropellando a un peatón en su escapada. Ojo por ojo, vida por vida. "Diagnóstico y resolución: Veinte años de terapia de equilibrio y reeducación”.
Como la canica que nadie sabe donde ha ido a parar cuando termina de rodar, permaneció Ángel escuchando en ensoñaciones todos los vestigios culturales habidos y por haber hasta el siglo XXI. En su despertar, se sintió cansado, muy cansado. Fisioterapia, tests, psicología, medicina. Pasaba de despacho en despacho, intentando contestar a todas las preguntas. Apenas si era capaz de reconocer sus propias respuestas. A pesar de que la mayoría de las veces no era capaz de decantarse hacia un lado cuando de posicionamiento político, histórico o ético se trataba, si que era conocedor de las argumentaciones por ambas partes. Era como si las palabras que salían de sus labios siempre hubieran estado ahí. Cuando le devolvieron sus efectos personales ahí estaba su cristo de oro, que miro con recelo. Los despachos por los que había pasado eran similares y con denominadores comunes. Los baños eran blancos y limpios. Los espejos atroces. Ángel Gabriel lejos de “Angelillo”, cerca de la razón, próximo a la culpa, encima del odio y bajo la impotencia; al ver la imagen que le devolvía el espejo con 22 años más y breves recuerdos desde la fatídica carrera; jugó a volar en el vacío para perder. Pasó a formar parte de “Estadística de prueba del método de equilibrio y reeducación” como “Caso número 15: suicidio”. Igual que el caso anterior, igual al caso anterior. “Puto tabaco”.
Premio narrativa joven certamen "Javier Espinosa" 2010. Ayuntamiento de Campillos
viernes 4 de junio de 2010
Todo lo que quieras
Teníamos ocho años cuando Rebeca y yo nos hicimos mejores amigas. Yo tenía una hermana menor con la que me llevaba bien, ella un hermano con el que siempre se estaba pegando. Ambas jugábamos en los recreos con algunas compañeras de clase, con las hijas de los respectivos amigos de nuestros padres podíamos entretenernos, pero ninguna habíamos tenido hasta el momento una mejor amiga.
Al colocarnos juntas en clase, hicimos en silencio la mudanza de libros a los nuevos pupitres asignados con cierto recelo mutuo. A lo mejor Rebeca ya hacía entonces aquel gesto suyo de apretar los labios cuando estaba nerviosa. Sacamos nuestros cuadernos para unirnos al unísono silencioso de las cabecitas volcadas sobre la tarea. Nuestra esperpéntica tutora, una señora de edad desconocida que cada año amenazaba o esperanzaba con jubilarse, daba vueltas por el aula suministrando algún que otro cogotazo a los que se despistaban. Todo el mundo se sobresaltó cuando Doña Dorotea cayó al suelo. Había tropezado, dando a parar con todo su robusto y antiguo cuerpo contra las baldosas. Recuerdo que alguien se puso a llorar del susto. Se escuchaban los sollozos producidos, el bullicio de los comentarios y el jaleo organizado por los que ayudaban a Doña Dorotea a levantarse.
− ¡Ay!¡Ay, ay, ay! Virgen del Amor Santo ¿Por qué me pasa a mí esto? Deja que me apoye en ti…, Lourditas, ve a avisar a la doctora.
Ante el espectáculo que ofrecía aquella soberana figura incorporándose, Rebeca y yo nos tapábamos la boca inclinándonos para ocultarnos. Las lágrimas que nos caían delataban el ataque de risa. Cuando conseguía concentrarme y respirar profundo, volviendo a poner cara de concentración en mis deberes; escuchaba el bufido de la risa ahogada de Rebeca escapándosele por entre los dedos. La veía toda roja, mirándome de reojo, mordiéndose los labios e intentando aguantar las carcajadas, y así entonces, yo no podía evitar empezar a troncharme otra vez
Hubiésemos podido controlar la situación si no fuera porque mientras Doña Dorotea se acercaba tambaleándose a su escritorio, tropezó de nuevo haciendo amago de volver a caer. En esta ocasión no hubo tumulto que silenciara nuestras risotadas descontroladas. Habíamos perdido cualquier tipo de mesura y nos enjugábamos las rojas caras con las manos intentando contenernos en balde. Todos en la clase estaban en silencio y a nosotras debía de oírsenos hasta en el pasillo. Sólo pudimos parar cuando Doña Dorotea empezó a gritarnos:
− ¡Infelices! ¿Se puede saber de qué os reís, descaradas? ¿Qué clase de persona hay que ser para congratularse de la desgracia ajena? ¡A saber qué educación os estarán dando vuestros padres!
Mirábamos hacia abajo incluso cuando nos cogió a cada una de una oreja y nos puso de rodillas en el suelo. Lo hacía de vez en cuando. Sometía a los condenados al bochorno ante el grupo: hacía gritar al alumnado la sentencia que su pedagogía estimara oportuna: “Charlatana, charlatana, charlatana” le gritábamos a María Contreras. “Perezosa, perezosa, perezosa” le decíamos a Bibiana cuando no se sabía la lección. “Yo soy de la vieja escuela”, le habían oído decir a una madre en alguna ocasión.
− ¡Descaradas, descaradas, descaradas! − Rebeca y yo estábamos arrodilladas una frente a otra junto a la pizarra, delante del resto de los niños que nos voceaban con desgana, bajo la mirada de una satisfecha Doña Dorotea.
Yo tenía la mirada fija en los arabescos del solado. Seguía con los ojos el dibujo de la línea anaranjada que sorteaba hojas verdes, baldosa a baldosa. Llegaron hasta los pies de Doña Dorotea, sentada en su silla con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los talones. En mitad del camino de la ruta del dibujo, apoyaba el tacón de su zapato casi desprendido por completo. Ahora no sé qué me pareció tan divertido en aquel momento, sólo recuerdo que la visión del tacón de la profesora partido me arrancó una nueva carcajada. Rebeca me siguió, sin intención, en las risas y hasta el cuarto de castigo.
A lo largo de los cursos que permanecimos en el Colegio de Nuestra Señora, fueron distintos los motivos que nos llevaron al aula de la represalia: nos cazaron una vez, por ejemplo, en plena misión intrusa a la zona enclaustrada del convento, lugar totalmente prohibido para las alumnas y de atractivo envilecedor por tanto. Nos convertimos en una pareja de hecho en la clase, unas Pili y Mili, el dueto que pensamos entonces, siempre sería inseparable. A partir de secundaria vivimos una particular ínsula preadolescente. Creamos un guetto de dos. Llegó un momento en el que no le gustábamos a la gente y la gente empezó a dejarnos de gustar a nosotras.
En una clase de matemáticas, ya tendríamos quince años según calculo, nos quitaron un papel con el que estábamos entretenidas. Se nos cuajó la sangre cuando Doña Aurora comenzó a leerlo en voz alta. La resignación era la única opción digna. Se trataba de unos premios a la mojigatería: una lista comentada de las lisonjeantes monjiles más destacadas, "Perritas falderas" era el título. Sobra decir que no gustó a las eternas opositoras a favoritas ni a la carne de cañón beata. Si bien previamente no éramos excesivamente populares, dimos unos motivos maravillosos para serlo menos aún. Tras el sobresalto inicial, estar a la cabeza de los personajes más criticados en la institución colegial, nos pareció una irónica y divertida forma de promoción en la escala social juvenil.
La sentencia de un mes de castigo con horario extraordinario de tres horas la acatamos con estoicismo de penitente. Casi llegando al fin del segundo trimestre y con la lluvia como artista invitada de los últimos coletazos del invierno; un plus de estudio diario no se hacía cuesta arriba y nos venía bien para afrontar los exámenes finales.
El aula vigilada por la madre Nazaret contaba con una pizarra siempre mal borrada y un perchero corrido en un lateral como única decoración. El gesto sobrio de la longeva monja disuadía de la mínima intención de cuchicheo. Los primeros días que cumplimos sanción, mi amiga y yo fuimos las únicas ocupantes de la sala. Una mañana supimos que Bibiana nos acompañaba a partir de entonces. La habían reprendido por no haber entregado un trabajo de Historia. Esa tarde, mientras ingeniándomelas estaba con unas ecuaciones, rompía decoroso el silencio de la sala el murmullo de unos lápices bailando sobre el papel. Terminada nuestra reclusión, cuando salíamos del colegio, no pude evitar preguntarle:
− Bibi, ¿Qué estabas dibujando? − las mejillas se le sonrosaron tras las pecas.
−Nada, tonterías.
− Anda ya, enséñanoslo, que he visto un dibujo en la portada de tu carpeta precioso − le instó Rebeca.
Bibiana sonrió y accedió a mostrarlo. Nos sentamos en los bancos que estaban justo a la salida. − Este pony siempre lo dibujo, le he puesto nombre: se llama Damisela.
No fue necesario que Rebeca y yo nos mirásemos, ambas sabíamos que estábamos pensando. El dibujo estaba perfectamente ejecutado, los tonos pastel y los trazos delicados le daban un aspecto etéreo. Conociendo el comportamiento habitual de Bibiana no hubiera debido sorprendernos su peculiar obra. Con una edad en la que las hormonas comenzaban a hacer de las suyas y las carpetas de quién más, quién menos, se llenaban de estrellas del rock; un edulcorado mini equino rodeado de flores aéreas resultaba muy infantil. Óbice podía resultar que su autora fuera la muñeca crecida de una madre cuya principal ocupación en su incipiente senectud era jugar a las casitas con la niña que tardó en llegar.
− No sabía que dibujaras así − le dije a Bibiana −, está muy bien hecho.
− ¿Sí? Es que practico muchas horas al día. Mi madre me ha dicho siempre que dibuje todo lo que quiera y eso hago.
−Está claro, porque los deberes es evidente que no.− Rió Rebeca el comentario que Bibiana no contestó.− No te enfades chica, estoy bromeando, aunque eso no significa que no sea cierto.
− ¿Te dejan que dibujes todo lo que quieras? ¿No se enfadan tus padres por tus notas?− Bibiana respiraba timidez, pero mientras guardaba la carpeta en la mochila y empezábamos a bajar la calle contestó.
.− No que dibuje todo lo que quiera, sino que cuando quiera algo, lo dibuje.A veces me regañan y se enfadan por las notas.
− ¿Qué más cosas que quieres dibujas? ¿Se cumplen?¡Si es así voy a escribir yo mis deseos!—le dije intentando mostrarle simpatía.
− No siempre. Hice muchos dibujos de Disneylandia y mis padres me llevaron hace dos veranos. Ahí sí, pero depende de lo que pinte, claro.
−Claro − secundó Rebeca.
De pequeña estatura y porte, Bibiana llevaba el uniforme del colegio: una falda de cuadros verdes y azules con un jersey verde sobre camisa, con recato y desgarbo. Tenía las pestañas largas y una voz templada que no empleaba a menudo. La encontraba peculiar en su normalidad, algo de complejidad fascinante debía haber en la sencillez y simpleza aparente. No se le conocían amigas, me inspiraba cierta lástima, el vacío social no le haría perderse nada interesante, pero no parecía haber escogido la condición de solitaria de motu proprio. Cuando llegó el momento de despedirnos en el cruce, invitamos a Bibiana a que nos acompañara a casa de Rebeca. Tuvimos que desviarnos por su calle para que consiguiera la autorización materna, eso sí, bajo la firme promesa de que la acompañaríamos a casa de vuelta. No había nada de extraordinario en nuestras reuniones femeninas de post sobremesa. Ver comedias almidonadas que obstruían nuestro imaginario romántico, mirar revistas y hacer sus cuestionarios, estaban entre nuestros entretenimientos preferidos. Nos reíamos mucho. Cada recuerdo que guardo de aquellos tiempos lleva grapada una risa. Risas nerviosas, carcajadas, risotadas, jolgorios varios a menudo acompañados de lágrimas e hipidos. He olvidado lo que se esconde de divertido en llamar a números de teléfono al azar, en hacerse pasar por tartamuda en una tienda, o en pasar toda una tarde hablando con un paródico acento francés, pero espero no olvidarme jamás de las risas.
Debimos reírnos mucho aquella tarde, ciertamente tuvimos que pasarlo bien, porque desde aquel día cada vez estuvo más presente Bibiana. Su sombra se fue entrelazando a la nuestra. Las primeras tardes tras las horas de castigo, en el recreo y las excursiones después, y en todas nuestras reuniones y salidas más tarde. Muy cerca, pero no dentro, era diferente. Había ciertas confianzas, actitudes y bromas en las que no quería o no sabía participar. No era dada al tacto físico y su poco desarrollado cuerpo de mujer daba con su actitud pocas señales de despertar sexual. Lo que había encontrado de entrañable en ella perduraba, pero los misterios se resuelven solventando dudas, y no cupo en ella ninguna más. Detrás de sus silencios y miradas vacuas, no había palabras ni puntos de vista, no había nada.
Los días lectivos yo tenía que estar en casa antes de las seis, pero era habitual que Bibiana se quedara en casa de Rebeca, a veces incluso hasta la cena. Me preguntaba siempre qué harían.
− ¿No te aburres tantas horas con ella?—Le llegué a decir un día a Rebeca. Estábamos en el recreo, sentadas donde solíamos sobre el suelo del patio, con las espaldas apoyadas en la blanca pared de aquel convento que llevaba en pie casi doscientos años. Las piernas estiradas, cubiertas las espinillas y pantorrillas por calcetines ejecutivos color azul marino, recibían rayos de sol de primavera en la carne de los muslos que conseguía escaparse bajo las faldas remangadas. Sin jersey, se abrían los escotes de los polos blancos de manga corta, también llenos de luz, como todo lo que recuerdo de entonces. Ahora aún conservo el placer inmenso de cerrar los ojos y dirigirme cual girasol en busca del calor del astro rey, como en los descansos matutinos de mi vida colegial.
− A veces me canso de que esté tanto tiempo en mi casa, pero habla más y es distinta cuando no estás tú.
No eran las medias tintas el idioma de mi morena amiga, de melena larga y ojos oscuros, tan desabrida que de sus pequeños dardos afilados no había quién se librara, ni siquiera yo. Ahora, con otra perspectiva, su dialéctica me parece plagada de pequeños sabotajes a la seguridad y autoestima de sus interlocutores. No sé qué intención tuvo su comentario, pero sin duda contribuyó al devenir del muro que se fue formando entre Bibiana y yo. Encima estaba sentada Rebeca, contándome su hartazgo ante la presencia continuada de la niña, pero nunca diciéndome que conmigo era mejor. Al otro lado del muro estaba Bibiana, en su inframundo, con sus colores, cada vez más bajo el regazo de Rebeca. No nadábamos entonces nosotras, ni nadie, por aquellos ríos que discurrían soterrados y que con el tiempo en algún lugar hallarían desembocadura.
Ritmos arrítmicos los de los años de adolescencia, donde el discurrir de la rutina de clases y vacaciones es lento y pausado, la sucesión de acontecimientos constante. El escaso y reciente pasado ha ocurrido hace eternidades y el futuro es anhelado e interminable.
Con el curso de las corrientes llegó el día de mi dieciocho cumpleaños. Para entonces hacía ya varios meses que había visto paliado el ostracismo del grupo. Tuvieron que ver el progresivo tedio que me suscitó la mezquindad y la crítica. Habíamos practicado estos deportes sin medida, pero de forma imperceptible habían ido dejando de ser divertidos para mí. A saber si fue una inquietud juvenil en busca de expresión o un regate al aburrimiento, pero me embarqué en unos talleres de teatro que se empezaron a impartir en el colegio. Había zarpado de nuestra isla. Suele ocurrir que cuando estás en un camarote, a bordo y atado en puerto, no te percatas que el barco se ha puesto en movimiento hasta que ya apenas se puede ver la orilla.
Para celebrar el día de mi decimoctavo aniversario había una fiesta en mi casa. Lo que en principio se trataba de una reunión informal para pasar la tarde fue convirtiéndose en un evento al que todo el mundo tenía pensado asistir. No se puede decir que estuviera nerviosa, de hecho ni siquiera había empezado con los preparativos cuando Sara, una compañera del taller, se presentó en mi casa dos horas antes de la fiesta ofreciendo su ayuda.
Movimos los muebles del salón de manera que quedara sitio suficiente para que la gente estuviera de pie en el centro, junto a la música. Ubicamos con las sillas distintos puntos de reunión junto a las paredes. Con la mesa y el aparador vestidos, hicimos una sección de comida y otra de bebida. Aún no había terminado de preparar los bocadillos y las pizzas cuando la gente empezó a llegar. Pude escaparme un momento para terminar de arreglarme. Mirando en el espejo me pinté los ojos, las pestañas, los labios… habían desaparecido las sombras negras y el color morado de la boca. Me solté la cola de caballo, ese peinado que había repetido una y otra vez, día tras día, pensando que si cambiaba mi pelo cambiaba toda yo.
Abrir la puerta, saludar, contestar el teléfono, entre tarea y tarea aparecieron Rebeca y Bibiana. Se sentaron en la cocina tras servirse un vaso de refresco. Se entretenían pintándose las uñas mientras yo iba y venía encargándome de los distintos menesteres. Con todo un poco más asentado, me pude sentar con ellas a charlar un rato hasta que llegó el momento más temido por todo homenajeado en tal tesitura:
−Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…− miraba el círculo que se había formado a mi alrededor. Estaban todos mis compañeros de humanidades, las chicas de teatro, muchas de otras aulas del colegio… Había caras que sabía haber visto pero que no acertaba a recordar el nombre. La luz de las velas convertía el ambiente. Las caras sonrientes iluminadas por la luz cálida y amarilla de las dieciocho velas me causaban extrañamiento. Contenta, sin saber dónde mirar, cruzaba los brazos e intentaba que la sonrisa no pareciera impostada. Me acuciaba la falta de costumbre de ser el centro de atención, en ese momento no era un personaje a quién miraban, me miraban a mí, a quién siempre se había refugiado en una esquina. Pero ahora por primera vez la protagonista era yo, o la yo de entonces, y me daba tanto apuro que podría haber echado a correr. Buscaba a Rebeca, su complicidad. Estaba casi a mi lado, movía los labios pero no cantaba. Quise cogerle la mano pero justo en ese momento se echó hacia atrás cambiándose de sitio.
−Abre primero el nuestro− me dijo Sara cogiendo de la mesa un paquete mediano envuelto en papel azul. Lo cogí de inmediato. Era una compilación de obras de Shakespeare dedicada por las compañeras de teatro Aún conservo el libro y lo guardo con cariño “La interpretación no es tu vocación secreta, es tu don evidente”. Me costó trabajo que la humedad en los ojos no llegara a mayores. Siempre me divertí haciendo imitaciones de todo cuanto veía en televisión, me había pasado muchas tardes con Rebeca parodiando algunas escenas ocurridas en el colegio. Hasta antes del taller jamás me lo había tomado en serio ni tenido idea de que se me diera especialmente bien.
Otras chicas de clase me regalaron una carpeta, Merche y Paz un bolso. Rebeca me había comprado un vestido de verano. Llegó el turno del regalo de Bibiana. Era un paquete cuadrado y plano de casi un metro de largo.
−Uy, que grande, a ver, a ver… Un cuadro ¡Qué bonito! ¿Soy yo? −. El colgante, la felpa, la mochila ¡hasta lo zapatos! El pelo no era igual exactamente pero no cabía duda. Nadie se dio cuenta a la primera − ¿Es Rebeca? − pregunté incrédula.
−¡Soy yo!− exclamaba ella mientras Bibiana musitaba un “sí”.
−¿Por eso no querías contarme que le ibas a regalar?− Rebeca estaba divertidísima, todos se giraban para mirla y ella levanta las cejas con sorna.
Todos se acercaban a mirar el cuadro y comentaba lo bonito que era. Yo no salía de mi asombro, miraba a Bibiana que estaba cabizbaja y sonrojada.
−Muchas gracias− le dije sin esforzarme en parecer convincente.
−Puedes ponerle velas, flores y rezarme− dijo, socarrona Rebeca. Sonrisas entre la concurrencia.
−También puedo mirarlo para tocarme pensando en ti. − Uuuuu −, es escuchó de fondo como un zureo. Todos rieron mi pasada broma menos Bibiana. Ella salió corriendo del salón emitiendo un sollozo. Salí corriendo tras ella y logré alcanzarla en el rellano.
−¿Se puede saber qué te pasa?− Bibiana se tapaba la cara mientras lloraba desconsoladamente.
−¿Quieres contestarme?− le insistí. Se secó las mejillas y colocó su melena corta detrás de la oreja.
−¡Déjala en paz!− me instó Rebeca que acababa de llegar. En ese momento escuchamos el pitido del ascensor mientras se abrían las puertas y Bibiana se apresuraba dentro.
−¿Tú también?
−Podrías mostrar un poco más de respeto.
−¡Sabes que era broma!¡Y mira quién viene a hablar de respeto!¡Tú la dejas en ridículo constantemente! Además ¡Has empezado tú! y ha sido ella quién ha empezado ¿A quién se le ocurre regalarme un cuadro tuyo?¿Por qué hace eso?
−¡No lo sé! Pero Bibiana jamás reiría de nadie.
−Es que no sé que es peor, hacerlo a posta o ser tan incapaz, no darse cuenta de cuando algo está fuera de contexto.
−Tú sí que estás fueras de contexto y no tienes ni idea− El tono de Rebeca enfadada siempre me impuso mucho respeto. Miraba muy fijamente y parecía que la voz le nacía del ombligo y la condescendencia del pie.
−¡Para colmo tú estás de su parte!
−Yo no estoy de parte de nadie.
−Pues hay que aprender que en esta vida hay que posicionarse a veces, tomar decisiones− Yo estaba alterada, y aguantaba las ganas que tenía de llorar.
−Sí, y a no aceptar ningún ultimátum. ¡Por favor! Ya no tenemos diez años.
Acto seguido entró a coger sus cosas para después desaparecer escaleras abajo. Yo seguí impertérrita en el rellano hasta que me sosegué y decidí disfrutar de mi primera fiesta, sin ella.
No supe nada de Rebeca durante días. Las clases habían acabado y la fiesta de graduación había sido antes de los exámenes. Sólo quedaba conocer las notas definitivas. En esos días estaba entretenida con el teatro. Fue tal el éxito que consiguió el pequeño montaje entre padres y profesorado, que nos motivó para organizarnos con la ayuda de la Señorita Lila que nos había dirigido, en una pequeña compañía. Íbamos a interpretar la obra en algunos pueblos de la provincia durante el verano y nunca los ensayos nos parecían suficientes. Cuando llegaba a casa derrotada cada noche, siempre tenía ganas de hablar con Rebeca. Podría haberlo hecho. Me imaginaba cómo sería la conversación, como siempre que nos habíamos enojado. Ella o yo llamábamos por teléfono, normalmente era yo la que lo hacía, y empezábamos a hablar como si nada hubiera sucedido. Al principio solía ser un poco seco, pero después hubiéramos seguido hablando como si tal cosa. A los quince minutos ya estaríamos tronchándonos juntas. Pero no la llamé y ella a mí tampoco me llamó. Mañana a lo mejor lo hago me decía, pero al día siguiente tampoco tenía la necesidad de hacerlo, y al otro, a veces, no me acordaba.
Esto terminó cuando llegó el día de las notas. Justo entraba por el ancho pórtico de madera del colegio cuando yo salía con mi radiante boletín bajo el brazo. Nos paramos tan sólo unos segundos sobre los arabescos de flores y líneas del rellano.
−¿Qué tal?
−Yo bien.
−Yo espero.
−¿Te espero yo fuera y bajamos juntas?
Apenas tardó diez minutos en salir, con la piel tostada por el sol que ya había tomado y su sonrisa radiante. Nos fuimos a tomar un refresco a una terraza cercana. Ambas podríamos disfrutar cuanto quisiéramos nuestro verano. La alegría nos embargaba y hasta sobraban temas de conversación: nuestros planes para el verano: el empleo que Rebeca tomaría en un campamento, mi gira con la recién nacida compañía y después, la Universidad. Estábamos demasiado pendientes de lo que íbamos a empezar como para reparar en lo que habíamos terminado. Todo estaba por delante y parecía imposible encontrar motivos por los que estar enojadas. Sólo al final le pregunté por Bibiana. Me contó que la había llamado un par de veces pero su madre no le había pasado el teléfono. Volvería a intentarlo antes de marcharse, aunque dudaba que fuera a atender, tampoco entendía muy bien que había ocurrido. Prometimos llamarnos, cartearnos, quedar a la vuelta del verano, tenernos al día. Hicimos algunas de esas cosas contadas veces. En ese momento no nos preocupamos por un incipiente ocaso de nuestra amistad, tampoco había motivos para hacerlo.
Ese día, cuando llegué a casa, me decidí a colocar el cuadro en mi cuarto. Busqué un caballete que sabía debía estar por allí. Cuando coloqué el cuadro en el trípode de madera me senté en la cama para mirarlo. Los ojos, las manos, los colores que había en ellas…volví a mirarle a los ojos, y la cara, de nuevo el gesto, me puse en pie, me alejé del cuadro, me volví a acercar, la melena corta, las pestañas… ¡Eran sus pestañas! El detalle definitivo eran los lápices de colores que llevaba en las manos. No sé cómo no me había dado cuenta antes. ¡La del cuadro era Bibiana vestida de Rebeca! ¿Qué sentido podía tener todo entonces? ¡Era una locura! Durante días repasé escenas de años, para comprobar si con el nuevo descubriendo las piezas empezaban a encajar. Todo podía tomar un nuevo matiz en mi recuerdo, bien es cierto que para matizar, limar y lacar nuestras memorias, ninguno necesitamos aliciente.
Ahora que pongo por escrito todos mis deseos, estoy redactando una obra de teatro con todo lo que pasó. En ella al final Bibiana obtiene lo que quiere. Hay una escena en la que yo me interpreto a mí misma, beso su auto-retrato y me deslizo entre las sabanas ante su mirada pictórica. Aparece y se tumba a mi lado Rebeca. A veces me la imagino, en la última fila del teatro diciendo ¡Es una locura! ¿Qué sentido tiene?
Al colocarnos juntas en clase, hicimos en silencio la mudanza de libros a los nuevos pupitres asignados con cierto recelo mutuo. A lo mejor Rebeca ya hacía entonces aquel gesto suyo de apretar los labios cuando estaba nerviosa. Sacamos nuestros cuadernos para unirnos al unísono silencioso de las cabecitas volcadas sobre la tarea. Nuestra esperpéntica tutora, una señora de edad desconocida que cada año amenazaba o esperanzaba con jubilarse, daba vueltas por el aula suministrando algún que otro cogotazo a los que se despistaban. Todo el mundo se sobresaltó cuando Doña Dorotea cayó al suelo. Había tropezado, dando a parar con todo su robusto y antiguo cuerpo contra las baldosas. Recuerdo que alguien se puso a llorar del susto. Se escuchaban los sollozos producidos, el bullicio de los comentarios y el jaleo organizado por los que ayudaban a Doña Dorotea a levantarse.
− ¡Ay!¡Ay, ay, ay! Virgen del Amor Santo ¿Por qué me pasa a mí esto? Deja que me apoye en ti…, Lourditas, ve a avisar a la doctora.
Ante el espectáculo que ofrecía aquella soberana figura incorporándose, Rebeca y yo nos tapábamos la boca inclinándonos para ocultarnos. Las lágrimas que nos caían delataban el ataque de risa. Cuando conseguía concentrarme y respirar profundo, volviendo a poner cara de concentración en mis deberes; escuchaba el bufido de la risa ahogada de Rebeca escapándosele por entre los dedos. La veía toda roja, mirándome de reojo, mordiéndose los labios e intentando aguantar las carcajadas, y así entonces, yo no podía evitar empezar a troncharme otra vez
Hubiésemos podido controlar la situación si no fuera porque mientras Doña Dorotea se acercaba tambaleándose a su escritorio, tropezó de nuevo haciendo amago de volver a caer. En esta ocasión no hubo tumulto que silenciara nuestras risotadas descontroladas. Habíamos perdido cualquier tipo de mesura y nos enjugábamos las rojas caras con las manos intentando contenernos en balde. Todos en la clase estaban en silencio y a nosotras debía de oírsenos hasta en el pasillo. Sólo pudimos parar cuando Doña Dorotea empezó a gritarnos:
− ¡Infelices! ¿Se puede saber de qué os reís, descaradas? ¿Qué clase de persona hay que ser para congratularse de la desgracia ajena? ¡A saber qué educación os estarán dando vuestros padres!
Mirábamos hacia abajo incluso cuando nos cogió a cada una de una oreja y nos puso de rodillas en el suelo. Lo hacía de vez en cuando. Sometía a los condenados al bochorno ante el grupo: hacía gritar al alumnado la sentencia que su pedagogía estimara oportuna: “Charlatana, charlatana, charlatana” le gritábamos a María Contreras. “Perezosa, perezosa, perezosa” le decíamos a Bibiana cuando no se sabía la lección. “Yo soy de la vieja escuela”, le habían oído decir a una madre en alguna ocasión.
− ¡Descaradas, descaradas, descaradas! − Rebeca y yo estábamos arrodilladas una frente a otra junto a la pizarra, delante del resto de los niños que nos voceaban con desgana, bajo la mirada de una satisfecha Doña Dorotea.
Yo tenía la mirada fija en los arabescos del solado. Seguía con los ojos el dibujo de la línea anaranjada que sorteaba hojas verdes, baldosa a baldosa. Llegaron hasta los pies de Doña Dorotea, sentada en su silla con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los talones. En mitad del camino de la ruta del dibujo, apoyaba el tacón de su zapato casi desprendido por completo. Ahora no sé qué me pareció tan divertido en aquel momento, sólo recuerdo que la visión del tacón de la profesora partido me arrancó una nueva carcajada. Rebeca me siguió, sin intención, en las risas y hasta el cuarto de castigo.
A lo largo de los cursos que permanecimos en el Colegio de Nuestra Señora, fueron distintos los motivos que nos llevaron al aula de la represalia: nos cazaron una vez, por ejemplo, en plena misión intrusa a la zona enclaustrada del convento, lugar totalmente prohibido para las alumnas y de atractivo envilecedor por tanto. Nos convertimos en una pareja de hecho en la clase, unas Pili y Mili, el dueto que pensamos entonces, siempre sería inseparable. A partir de secundaria vivimos una particular ínsula preadolescente. Creamos un guetto de dos. Llegó un momento en el que no le gustábamos a la gente y la gente empezó a dejarnos de gustar a nosotras.
En una clase de matemáticas, ya tendríamos quince años según calculo, nos quitaron un papel con el que estábamos entretenidas. Se nos cuajó la sangre cuando Doña Aurora comenzó a leerlo en voz alta. La resignación era la única opción digna. Se trataba de unos premios a la mojigatería: una lista comentada de las lisonjeantes monjiles más destacadas, "Perritas falderas" era el título. Sobra decir que no gustó a las eternas opositoras a favoritas ni a la carne de cañón beata. Si bien previamente no éramos excesivamente populares, dimos unos motivos maravillosos para serlo menos aún. Tras el sobresalto inicial, estar a la cabeza de los personajes más criticados en la institución colegial, nos pareció una irónica y divertida forma de promoción en la escala social juvenil.
La sentencia de un mes de castigo con horario extraordinario de tres horas la acatamos con estoicismo de penitente. Casi llegando al fin del segundo trimestre y con la lluvia como artista invitada de los últimos coletazos del invierno; un plus de estudio diario no se hacía cuesta arriba y nos venía bien para afrontar los exámenes finales.
El aula vigilada por la madre Nazaret contaba con una pizarra siempre mal borrada y un perchero corrido en un lateral como única decoración. El gesto sobrio de la longeva monja disuadía de la mínima intención de cuchicheo. Los primeros días que cumplimos sanción, mi amiga y yo fuimos las únicas ocupantes de la sala. Una mañana supimos que Bibiana nos acompañaba a partir de entonces. La habían reprendido por no haber entregado un trabajo de Historia. Esa tarde, mientras ingeniándomelas estaba con unas ecuaciones, rompía decoroso el silencio de la sala el murmullo de unos lápices bailando sobre el papel. Terminada nuestra reclusión, cuando salíamos del colegio, no pude evitar preguntarle:
− Bibi, ¿Qué estabas dibujando? − las mejillas se le sonrosaron tras las pecas.
−Nada, tonterías.
− Anda ya, enséñanoslo, que he visto un dibujo en la portada de tu carpeta precioso − le instó Rebeca.
Bibiana sonrió y accedió a mostrarlo. Nos sentamos en los bancos que estaban justo a la salida. − Este pony siempre lo dibujo, le he puesto nombre: se llama Damisela.
No fue necesario que Rebeca y yo nos mirásemos, ambas sabíamos que estábamos pensando. El dibujo estaba perfectamente ejecutado, los tonos pastel y los trazos delicados le daban un aspecto etéreo. Conociendo el comportamiento habitual de Bibiana no hubiera debido sorprendernos su peculiar obra. Con una edad en la que las hormonas comenzaban a hacer de las suyas y las carpetas de quién más, quién menos, se llenaban de estrellas del rock; un edulcorado mini equino rodeado de flores aéreas resultaba muy infantil. Óbice podía resultar que su autora fuera la muñeca crecida de una madre cuya principal ocupación en su incipiente senectud era jugar a las casitas con la niña que tardó en llegar.
− No sabía que dibujaras así − le dije a Bibiana −, está muy bien hecho.
− ¿Sí? Es que practico muchas horas al día. Mi madre me ha dicho siempre que dibuje todo lo que quiera y eso hago.
−Está claro, porque los deberes es evidente que no.− Rió Rebeca el comentario que Bibiana no contestó.− No te enfades chica, estoy bromeando, aunque eso no significa que no sea cierto.
− ¿Te dejan que dibujes todo lo que quieras? ¿No se enfadan tus padres por tus notas?− Bibiana respiraba timidez, pero mientras guardaba la carpeta en la mochila y empezábamos a bajar la calle contestó.
.− No que dibuje todo lo que quiera, sino que cuando quiera algo, lo dibuje.A veces me regañan y se enfadan por las notas.
− ¿Qué más cosas que quieres dibujas? ¿Se cumplen?¡Si es así voy a escribir yo mis deseos!—le dije intentando mostrarle simpatía.
− No siempre. Hice muchos dibujos de Disneylandia y mis padres me llevaron hace dos veranos. Ahí sí, pero depende de lo que pinte, claro.
−Claro − secundó Rebeca.
De pequeña estatura y porte, Bibiana llevaba el uniforme del colegio: una falda de cuadros verdes y azules con un jersey verde sobre camisa, con recato y desgarbo. Tenía las pestañas largas y una voz templada que no empleaba a menudo. La encontraba peculiar en su normalidad, algo de complejidad fascinante debía haber en la sencillez y simpleza aparente. No se le conocían amigas, me inspiraba cierta lástima, el vacío social no le haría perderse nada interesante, pero no parecía haber escogido la condición de solitaria de motu proprio. Cuando llegó el momento de despedirnos en el cruce, invitamos a Bibiana a que nos acompañara a casa de Rebeca. Tuvimos que desviarnos por su calle para que consiguiera la autorización materna, eso sí, bajo la firme promesa de que la acompañaríamos a casa de vuelta. No había nada de extraordinario en nuestras reuniones femeninas de post sobremesa. Ver comedias almidonadas que obstruían nuestro imaginario romántico, mirar revistas y hacer sus cuestionarios, estaban entre nuestros entretenimientos preferidos. Nos reíamos mucho. Cada recuerdo que guardo de aquellos tiempos lleva grapada una risa. Risas nerviosas, carcajadas, risotadas, jolgorios varios a menudo acompañados de lágrimas e hipidos. He olvidado lo que se esconde de divertido en llamar a números de teléfono al azar, en hacerse pasar por tartamuda en una tienda, o en pasar toda una tarde hablando con un paródico acento francés, pero espero no olvidarme jamás de las risas.
Debimos reírnos mucho aquella tarde, ciertamente tuvimos que pasarlo bien, porque desde aquel día cada vez estuvo más presente Bibiana. Su sombra se fue entrelazando a la nuestra. Las primeras tardes tras las horas de castigo, en el recreo y las excursiones después, y en todas nuestras reuniones y salidas más tarde. Muy cerca, pero no dentro, era diferente. Había ciertas confianzas, actitudes y bromas en las que no quería o no sabía participar. No era dada al tacto físico y su poco desarrollado cuerpo de mujer daba con su actitud pocas señales de despertar sexual. Lo que había encontrado de entrañable en ella perduraba, pero los misterios se resuelven solventando dudas, y no cupo en ella ninguna más. Detrás de sus silencios y miradas vacuas, no había palabras ni puntos de vista, no había nada.
Los días lectivos yo tenía que estar en casa antes de las seis, pero era habitual que Bibiana se quedara en casa de Rebeca, a veces incluso hasta la cena. Me preguntaba siempre qué harían.
− ¿No te aburres tantas horas con ella?—Le llegué a decir un día a Rebeca. Estábamos en el recreo, sentadas donde solíamos sobre el suelo del patio, con las espaldas apoyadas en la blanca pared de aquel convento que llevaba en pie casi doscientos años. Las piernas estiradas, cubiertas las espinillas y pantorrillas por calcetines ejecutivos color azul marino, recibían rayos de sol de primavera en la carne de los muslos que conseguía escaparse bajo las faldas remangadas. Sin jersey, se abrían los escotes de los polos blancos de manga corta, también llenos de luz, como todo lo que recuerdo de entonces. Ahora aún conservo el placer inmenso de cerrar los ojos y dirigirme cual girasol en busca del calor del astro rey, como en los descansos matutinos de mi vida colegial.
− A veces me canso de que esté tanto tiempo en mi casa, pero habla más y es distinta cuando no estás tú.
No eran las medias tintas el idioma de mi morena amiga, de melena larga y ojos oscuros, tan desabrida que de sus pequeños dardos afilados no había quién se librara, ni siquiera yo. Ahora, con otra perspectiva, su dialéctica me parece plagada de pequeños sabotajes a la seguridad y autoestima de sus interlocutores. No sé qué intención tuvo su comentario, pero sin duda contribuyó al devenir del muro que se fue formando entre Bibiana y yo. Encima estaba sentada Rebeca, contándome su hartazgo ante la presencia continuada de la niña, pero nunca diciéndome que conmigo era mejor. Al otro lado del muro estaba Bibiana, en su inframundo, con sus colores, cada vez más bajo el regazo de Rebeca. No nadábamos entonces nosotras, ni nadie, por aquellos ríos que discurrían soterrados y que con el tiempo en algún lugar hallarían desembocadura.
Ritmos arrítmicos los de los años de adolescencia, donde el discurrir de la rutina de clases y vacaciones es lento y pausado, la sucesión de acontecimientos constante. El escaso y reciente pasado ha ocurrido hace eternidades y el futuro es anhelado e interminable.
Con el curso de las corrientes llegó el día de mi dieciocho cumpleaños. Para entonces hacía ya varios meses que había visto paliado el ostracismo del grupo. Tuvieron que ver el progresivo tedio que me suscitó la mezquindad y la crítica. Habíamos practicado estos deportes sin medida, pero de forma imperceptible habían ido dejando de ser divertidos para mí. A saber si fue una inquietud juvenil en busca de expresión o un regate al aburrimiento, pero me embarqué en unos talleres de teatro que se empezaron a impartir en el colegio. Había zarpado de nuestra isla. Suele ocurrir que cuando estás en un camarote, a bordo y atado en puerto, no te percatas que el barco se ha puesto en movimiento hasta que ya apenas se puede ver la orilla.
Para celebrar el día de mi decimoctavo aniversario había una fiesta en mi casa. Lo que en principio se trataba de una reunión informal para pasar la tarde fue convirtiéndose en un evento al que todo el mundo tenía pensado asistir. No se puede decir que estuviera nerviosa, de hecho ni siquiera había empezado con los preparativos cuando Sara, una compañera del taller, se presentó en mi casa dos horas antes de la fiesta ofreciendo su ayuda.
Movimos los muebles del salón de manera que quedara sitio suficiente para que la gente estuviera de pie en el centro, junto a la música. Ubicamos con las sillas distintos puntos de reunión junto a las paredes. Con la mesa y el aparador vestidos, hicimos una sección de comida y otra de bebida. Aún no había terminado de preparar los bocadillos y las pizzas cuando la gente empezó a llegar. Pude escaparme un momento para terminar de arreglarme. Mirando en el espejo me pinté los ojos, las pestañas, los labios… habían desaparecido las sombras negras y el color morado de la boca. Me solté la cola de caballo, ese peinado que había repetido una y otra vez, día tras día, pensando que si cambiaba mi pelo cambiaba toda yo.
Abrir la puerta, saludar, contestar el teléfono, entre tarea y tarea aparecieron Rebeca y Bibiana. Se sentaron en la cocina tras servirse un vaso de refresco. Se entretenían pintándose las uñas mientras yo iba y venía encargándome de los distintos menesteres. Con todo un poco más asentado, me pude sentar con ellas a charlar un rato hasta que llegó el momento más temido por todo homenajeado en tal tesitura:
−Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…− miraba el círculo que se había formado a mi alrededor. Estaban todos mis compañeros de humanidades, las chicas de teatro, muchas de otras aulas del colegio… Había caras que sabía haber visto pero que no acertaba a recordar el nombre. La luz de las velas convertía el ambiente. Las caras sonrientes iluminadas por la luz cálida y amarilla de las dieciocho velas me causaban extrañamiento. Contenta, sin saber dónde mirar, cruzaba los brazos e intentaba que la sonrisa no pareciera impostada. Me acuciaba la falta de costumbre de ser el centro de atención, en ese momento no era un personaje a quién miraban, me miraban a mí, a quién siempre se había refugiado en una esquina. Pero ahora por primera vez la protagonista era yo, o la yo de entonces, y me daba tanto apuro que podría haber echado a correr. Buscaba a Rebeca, su complicidad. Estaba casi a mi lado, movía los labios pero no cantaba. Quise cogerle la mano pero justo en ese momento se echó hacia atrás cambiándose de sitio.
−Abre primero el nuestro− me dijo Sara cogiendo de la mesa un paquete mediano envuelto en papel azul. Lo cogí de inmediato. Era una compilación de obras de Shakespeare dedicada por las compañeras de teatro Aún conservo el libro y lo guardo con cariño “La interpretación no es tu vocación secreta, es tu don evidente”. Me costó trabajo que la humedad en los ojos no llegara a mayores. Siempre me divertí haciendo imitaciones de todo cuanto veía en televisión, me había pasado muchas tardes con Rebeca parodiando algunas escenas ocurridas en el colegio. Hasta antes del taller jamás me lo había tomado en serio ni tenido idea de que se me diera especialmente bien.
Otras chicas de clase me regalaron una carpeta, Merche y Paz un bolso. Rebeca me había comprado un vestido de verano. Llegó el turno del regalo de Bibiana. Era un paquete cuadrado y plano de casi un metro de largo.
−Uy, que grande, a ver, a ver… Un cuadro ¡Qué bonito! ¿Soy yo? −. El colgante, la felpa, la mochila ¡hasta lo zapatos! El pelo no era igual exactamente pero no cabía duda. Nadie se dio cuenta a la primera − ¿Es Rebeca? − pregunté incrédula.
−¡Soy yo!− exclamaba ella mientras Bibiana musitaba un “sí”.
−¿Por eso no querías contarme que le ibas a regalar?− Rebeca estaba divertidísima, todos se giraban para mirla y ella levanta las cejas con sorna.
Todos se acercaban a mirar el cuadro y comentaba lo bonito que era. Yo no salía de mi asombro, miraba a Bibiana que estaba cabizbaja y sonrojada.
−Muchas gracias− le dije sin esforzarme en parecer convincente.
−Puedes ponerle velas, flores y rezarme− dijo, socarrona Rebeca. Sonrisas entre la concurrencia.
−También puedo mirarlo para tocarme pensando en ti. − Uuuuu −, es escuchó de fondo como un zureo. Todos rieron mi pasada broma menos Bibiana. Ella salió corriendo del salón emitiendo un sollozo. Salí corriendo tras ella y logré alcanzarla en el rellano.
−¿Se puede saber qué te pasa?− Bibiana se tapaba la cara mientras lloraba desconsoladamente.
−¿Quieres contestarme?− le insistí. Se secó las mejillas y colocó su melena corta detrás de la oreja.
−¡Déjala en paz!− me instó Rebeca que acababa de llegar. En ese momento escuchamos el pitido del ascensor mientras se abrían las puertas y Bibiana se apresuraba dentro.
−¿Tú también?
−Podrías mostrar un poco más de respeto.
−¡Sabes que era broma!¡Y mira quién viene a hablar de respeto!¡Tú la dejas en ridículo constantemente! Además ¡Has empezado tú! y ha sido ella quién ha empezado ¿A quién se le ocurre regalarme un cuadro tuyo?¿Por qué hace eso?
−¡No lo sé! Pero Bibiana jamás reiría de nadie.
−Es que no sé que es peor, hacerlo a posta o ser tan incapaz, no darse cuenta de cuando algo está fuera de contexto.
−Tú sí que estás fueras de contexto y no tienes ni idea− El tono de Rebeca enfadada siempre me impuso mucho respeto. Miraba muy fijamente y parecía que la voz le nacía del ombligo y la condescendencia del pie.
−¡Para colmo tú estás de su parte!
−Yo no estoy de parte de nadie.
−Pues hay que aprender que en esta vida hay que posicionarse a veces, tomar decisiones− Yo estaba alterada, y aguantaba las ganas que tenía de llorar.
−Sí, y a no aceptar ningún ultimátum. ¡Por favor! Ya no tenemos diez años.
Acto seguido entró a coger sus cosas para después desaparecer escaleras abajo. Yo seguí impertérrita en el rellano hasta que me sosegué y decidí disfrutar de mi primera fiesta, sin ella.
No supe nada de Rebeca durante días. Las clases habían acabado y la fiesta de graduación había sido antes de los exámenes. Sólo quedaba conocer las notas definitivas. En esos días estaba entretenida con el teatro. Fue tal el éxito que consiguió el pequeño montaje entre padres y profesorado, que nos motivó para organizarnos con la ayuda de la Señorita Lila que nos había dirigido, en una pequeña compañía. Íbamos a interpretar la obra en algunos pueblos de la provincia durante el verano y nunca los ensayos nos parecían suficientes. Cuando llegaba a casa derrotada cada noche, siempre tenía ganas de hablar con Rebeca. Podría haberlo hecho. Me imaginaba cómo sería la conversación, como siempre que nos habíamos enojado. Ella o yo llamábamos por teléfono, normalmente era yo la que lo hacía, y empezábamos a hablar como si nada hubiera sucedido. Al principio solía ser un poco seco, pero después hubiéramos seguido hablando como si tal cosa. A los quince minutos ya estaríamos tronchándonos juntas. Pero no la llamé y ella a mí tampoco me llamó. Mañana a lo mejor lo hago me decía, pero al día siguiente tampoco tenía la necesidad de hacerlo, y al otro, a veces, no me acordaba.
Esto terminó cuando llegó el día de las notas. Justo entraba por el ancho pórtico de madera del colegio cuando yo salía con mi radiante boletín bajo el brazo. Nos paramos tan sólo unos segundos sobre los arabescos de flores y líneas del rellano.
−¿Qué tal?
−Yo bien.
−Yo espero.
−¿Te espero yo fuera y bajamos juntas?
Apenas tardó diez minutos en salir, con la piel tostada por el sol que ya había tomado y su sonrisa radiante. Nos fuimos a tomar un refresco a una terraza cercana. Ambas podríamos disfrutar cuanto quisiéramos nuestro verano. La alegría nos embargaba y hasta sobraban temas de conversación: nuestros planes para el verano: el empleo que Rebeca tomaría en un campamento, mi gira con la recién nacida compañía y después, la Universidad. Estábamos demasiado pendientes de lo que íbamos a empezar como para reparar en lo que habíamos terminado. Todo estaba por delante y parecía imposible encontrar motivos por los que estar enojadas. Sólo al final le pregunté por Bibiana. Me contó que la había llamado un par de veces pero su madre no le había pasado el teléfono. Volvería a intentarlo antes de marcharse, aunque dudaba que fuera a atender, tampoco entendía muy bien que había ocurrido. Prometimos llamarnos, cartearnos, quedar a la vuelta del verano, tenernos al día. Hicimos algunas de esas cosas contadas veces. En ese momento no nos preocupamos por un incipiente ocaso de nuestra amistad, tampoco había motivos para hacerlo.
Ese día, cuando llegué a casa, me decidí a colocar el cuadro en mi cuarto. Busqué un caballete que sabía debía estar por allí. Cuando coloqué el cuadro en el trípode de madera me senté en la cama para mirarlo. Los ojos, las manos, los colores que había en ellas…volví a mirarle a los ojos, y la cara, de nuevo el gesto, me puse en pie, me alejé del cuadro, me volví a acercar, la melena corta, las pestañas… ¡Eran sus pestañas! El detalle definitivo eran los lápices de colores que llevaba en las manos. No sé cómo no me había dado cuenta antes. ¡La del cuadro era Bibiana vestida de Rebeca! ¿Qué sentido podía tener todo entonces? ¡Era una locura! Durante días repasé escenas de años, para comprobar si con el nuevo descubriendo las piezas empezaban a encajar. Todo podía tomar un nuevo matiz en mi recuerdo, bien es cierto que para matizar, limar y lacar nuestras memorias, ninguno necesitamos aliciente.
Ahora que pongo por escrito todos mis deseos, estoy redactando una obra de teatro con todo lo que pasó. En ella al final Bibiana obtiene lo que quiere. Hay una escena en la que yo me interpreto a mí misma, beso su auto-retrato y me deslizo entre las sabanas ante su mirada pictórica. Aparece y se tumba a mi lado Rebeca. A veces me la imagino, en la última fila del teatro diciendo ¡Es una locura! ¿Qué sentido tiene?
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martes 20 de abril de 2010
Venda caro el cuadro -dijo mientras se vestía- algún día seré una escritora famosa.
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SÍ, QUIERO
Pensaba cuando le rpeguntó: ¿Me das tu teléfono?
Microrelato finalista premio literatura móvil.
Microrelato finalista premio literatura móvil.
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Microcosas
martes 6 de abril de 2010
Memoria de Perros
Mientras esperan en el paso cebrado, Emma mira a Javier haciéndole un puchero, con unas lágrimas rebeldes amenazando con precipitarse al vacío desde el lagrimal. Le está pidiendo de forma tácita que le ayude a enfrentarse a la vida sin su perro, a la pena que le supone. Javier le echa cariñosamente el brazo por encima y la besa en el pelo, piensa en el luto y el drama que acaban de llegar, y como visita incómoda que son, se quedaran unos días.
Se dirigen en coche a las afueras, a un arbolado donde habían ido con Darling más de una vez a pasear. Llevan una pala en el maletero, que dentro de poco portará Javier hasta la sombra del árbol indicado. Emma se sienta apoyada en un tronco, con el perro junto a ella, y Javier comienza a cavar como puede, nunca lo ha hecho. Es mucho más dificultoso para él de lo que le había parecido en las películas. Esos gansters que remangados ahondan con hombría la pala en la tierra poco se parecen a él, además en los maleteros de sus cadillacs aguardan cadáveres humanos, no perros ancianos.
Las nubes oscuras que se han encargado todo el día de aportar el marco de tristeza y sobriedad, empiezan a romperse sobre sus cabezas sigilosamente.
−No, por favor −dice Javier mirando hacia arriba y despejando el sudor de la cara con las manos.
Reanudada su tarea, en la espalda corvada las gotas marcadas en la camisa son cada vez mayores. Hundiendo la pala más hondo, piensa en alguna de esas mañanas lluviosas en las que ha sacado a Darling antes de ir a trabajar. Le daba demasiada pena que Emma se despertara para sacar al animal cuando había tenido turno de noche en el hospital. Alguna vez se atrevió a decirle que era demasiado generosa con Darling, alterando horarios y haciendo malabares en su agenda para satisfacer los gustos del bicho.
Emma mira donde está Javier, pero está viendo cada uno de los instantes que puede rescatar de le memoria con su amigo, su niño. Se sobresalta cuando Javier le dice:
−Tenemos que irnos.
−No podemos irnos, hay que enterrar a Darling− contesta como si no diera crédito a la ocurrencia de su chico.
−Vamos a coger una pulmonía. ¿Ni siquiera ahora que ha muerto puedes mirar antes por nosotros que por tu perro?
Los ojos de Emma se abren más y fijan la vista en los de Javier. Tiene los labios apretados. Él sabe que es el signo inequívoco de su enojo, el concepto no verbal correspondiente a “Te has pasado, idiota”.
Se levanta dejando al animal muerto y envuelto junto al tronco. Le quita la pala a Javier:
−Si quieres espérame en el coche, será el último problema que te de el pobrecillo, también tendrá la culpa de haberse muerto −y con todas su fuerzas hinca la pala en la tierra mientras Javier se marcha enojado al coche.
La reacción no coge a Emma por sorpresa. En el tiempo que llevan juntos, siempre se ha mostrado incapaz de comprender que un animal, además de una responsabilidad indeclinable una vez que se adquiere, se convierte en un miembro de tu familia. Un ser que retroalimenta el cariño que le das.
La lluvia que encharca la tierra y empapa a Emma le facilita la tarea. Hinca la pala y la remueve para que el agujero abierto sea mayor. Recuerda las múltiples veces en las que su pareja no ha entendido la condición del animal. Frecuentemente había tenido que salir en defensa de Darling, un perro no tiene memoria, no es como ellos. No puedes regañarle por algo que hizo hace rato, o mantener un enfado a base de miradas inquisitorias contra él, como solía hacer Javier. Para él sólo vale el presente, el rencor o sus derivados escapan de su alcance.
Media hora ha pasado hasta que Emma ha entrado en el coche y se han puesto en camino. Esperan en el semáforo y el repiqueteo de la lluvia sonoriza la cólera que expiran e inspiran hinchando el pecho. Javier enciende la radio y viajan unos minutos callados hasta que es él el que dice:
−Es que eres muy cabezota.
−¿Qué quieres que haga?¿Que lo deje sin enterrar?¿Que me lo lleve a casa?
−Quiero que pienses las cosas antes de hacerlas. Que te des cuenta de que lo que has hecho no tiene sentido. Si hace falta se coge el perro y se tira a la basura, pero no te pasas media hora cavando bajo la lluvia, dejándote la espalda, o consintiendo que me la deje yo.
−Yo no te he pedido nada. No puedo dejarlo ahí solo, sin enterrar; no voy a dejarlo en un contenedor de basura para que acabe en un vertedero. No puedo hacerle eso.
−¡Pero tampoco puedes hacértelo a ti!¡Ni a mi! Te centras en cuidar de un perro y a veces ni siquiera puedes cuidarte a ti misma. ¡Y estás empapada, mira como me estás poniendo el coche! −. Al terminar, ya casi está gritando. El tono de Emma es aún más grave.
− Aparte de unos celos infantiles y un mosqueo tremendo por o ser el protagonista de todas las fiestas, eres tan sumamente prepotente y me tienes en tan poca estima, que no eres capaz de entender que alguien me necesite. ¡Tú no necesitas nada! Pero ¿Sabes qué? Yo a ti tampoco.
Están parados en un semáforo. Emma abre la puerta dispuesta a mojarse de nuevo. Cuando ya ha salido escupe en el asiento después de decir:
−Y mira lo que hago con tu coche.
Se marcha andando en una perpendicular dirección prohibida. Javier acelera y desaparece en el cruce. Llega a casa mucho antes que ella, enciende la televisión y no se inmuta hasta que hace rato que deja de oír nada en el dormitorio. Han pasado dos horas mostrándose imágenes bajo su mirada ausente.
Cuando abre la puerta despacio, escucha la respiración pesada del placer del sueño. Se sienta a su lado en el borde de la cama y le toca suavemente la cabeza. Cuando Emma abre los ojos, habituándose a la luz, lo mira y calla.
−Tómate esto, anda− había llevado en una bandeja un zumo de naranja, un antigripal, y una infusión caliente.
Ella aún está medio dormida, pero a diferencia de Javier no ha olvidado, de momento, el motivo inicial del enfado ni todo lo que se han dicho.
−Claro que te necesito Emma, y necesito que estés bien. Por eso me enfado cuando parece que tratas hacer lo contrario. Y claro que sé que puedes cuidar de alguien, lo haces conmigo todos los días.
Placidez, eso lo que le da a Javier la sonrisa que Emma le dedica. Se incorpora en la cama y se bebe el zumo de naranja tragándose la píldora antigripal. La infusión se la bebe despacio, recostada en el cabecero de la cama mientras Javier apaga las luces de la casa, se lava los dientes y se desnuda para meterse en la cama.
Rato antes de empezar a follar, se habían olvidado que pronto todo lo recordarían de nuevo.
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domingo 28 de marzo de 2010
Es diferente
trabajo y amigos en
Facebook ) disfruta al sol en una concurrida terraza madrileña de
un tinto de verano. Decide
que ha llegado el momento de comunicarse con su primo,
residente en la actualidad
en las antípodas, en Nueva Zelanda. Per (en realidad se llama
Pedro, pero todos le
llaman Per, que en Oceanía se pronuncia algo parecido "Pir") que
mojado aún se dirige a su
toalla con la tabla de surf bajo el brazo, escucha su teléfono
móvil sonar en el interior
de la mochila .Una vez se ha sentado en la toalla atiende el
teléfono.
− ¿Hello?
− ¿Qué “Jelou”? Per,
Perito, primo ¿Cómo va eso campeón?
−Primo, qué sorpresa −dice
recostándose en la toalla− . No sabía nada de ti desde que
me vine de España. ¡Ay que
ver! ¡Podrías venir a visitarme!
−Primo, para eso te llamo
–dice Pepito con jolgorio incorporándose un poco en la silla
de plástico dónde está
sentado.
−¿Vas a venir a verme?
−Qué dices, hombre. Te
llamo para que te vuelvas para España ya.
−Primo… −y mientras dejar
caer la palabra gira la cara al compás que marcan los
muslos y cachetes de unas
chicas que han pasado caminando por delante de su toalla−
eso lo dices porque no has
visto las rubias que tengo a mano yo aquí. Cabroncete, no
sabes lo que te pierdes.
−Dejate de rubias y sácate
el billete, que si te das prisa estás aquí para la feria de
Sevilla. Será mejor que
avises a tu jefe y al casero lo antes que te sea posible, no vaya a
ser que te pongan pegas y
tengas que retrasar tu vuelta a casa.
−No sé a qué vienen tantos
disparates, primo. Pero te voy a contar: yo me vine de
España con una mano
delante y otra detrás. Creía que hablaba Inglés, pero lo que
aprendí intentado ligar
con las suecas en Torremolinos al llegar aquí me sirvió de poco.
Descubrí que tenía peor
acento que Rafael cantando Aquario. Estaba en la escala social
por debajo de los
aborígenes, tuve que trabajar de ayudante del ayudante del
friegaplatos en un
chiringuito de comida Tailandesa. Ahora hablo Inglés (good morning
por aquí, nice to meet
you por allá) −al hablar movía al son de sus palabras la mano que
no estaba ocupada con el
teléfono−. Vivo como un marqués con un trabajo magnífico
que me hace ganar mucho
dinero.
“Organizamos torneos de
Surf y Kitesurf. En la playa, cientos de personas esperan a que
lleguen el viento y las
olas, todos miramos hacia arriba, expectantes y nerviosos.
Cuando llegan y todos se
echan al agua empieza el espectáculo…es una sensación
difícil de describir. Sin
dejar de lado las borracheras desproporcionadas que
perpetramos después y que
aquí meto más por meses que allí por años. Lo siento,
primo, pero no tengo
intención de irme”.
Pipo ladea la cabeza −Es
que no te enteras de lo que te estoy diciendo. Aquí puedes
hacer lo mismo que allí.
Coges tu furgoneta y te encaminas a Tarifa o Portugal, allí
puedes hacer el hippy todo
lo que quieras, con tus olas y tus nubes, viviendo también
como un marqués, y disfrutando
además de las cosas buenas de la vida. Dime que allí
te preparan una paellita
con marisco al ladito de la playa, o que te puedes ir de tapas a
comerte un jamoncito a la
una de la tarde, mientras el sol y el vino te sacan los colores.
¿No te acuerdas de qué
gustito da? Carnavales, Semana Santa, Feria, Día del Orgullo
Gay, San Fermines… y así
me puedo pasar el día contando ocasiones de alcoholizarse a
base de bien. Dime tú a
mí, que no sabemos vivir bien por aquí. Una abuelita que te
cuenta historias de la
guerra civil sentada en el banco de un pueblo, el del bar que
conoce a todos los
clientes por sus nombres… seguro que eso allí no se ve.
−Pero Pipo, yo no te digo
que los de allí no sepamos vivir bien, si aquello tiene un
montón de costumbres de
las que uno se acuerda y se pone tontorrón. El problema, es
que no compensa. Tener
cuatro títulos para hacerle el trabajo y el dinero a cualquier
empresario trápala que se
cree más listo que tú; y que evidentemente lo es, porque te
paga cuatro duros. Además,
quédate callado, porque con el rollo de la crisis y el paro,
casi le tienes que estar
agradecido. Eso aquí no pasa.
−Es que eso se ha
terminado, Per. Aquí ni hay crisis, ni nada que se le parezca.
−Pero que dices hombre, si
no nos han echado de Europa por el impacto ambiental que
supondría dinamitar los
pirineos y convertirnos en una isla, más cercanos a nuestros
amigos los africanos.
−No me dejas explicarme.
Es que todo era mentira.
−¿Mentira el qué?
−Todo: la crisis, las
subidas de precios, los cierres de empresas, las suspensiones de
pagos, los sueldos
mileuristas, los masters desamortizados…Todo era mentira, una
farsa, un artificio de la
imaginación desbocada de un creador. Por favor, Per, ¿De
verdad te llegaste a creer
que en nuestro país cada equis tiempo, aparece un listo que
estafaba miles de millones
con todo el desparpajo? ¡Por favor! Nuestra mochila tiene
siglos de gloriosa
Historia ¿En serio te creíste lo de la boda de la hija de Aznar?¿Y el
caso Malaya?¿Y las subidas
de impuestos y energía? Aunque claro, de eso se trataba,
nadie podía saberlo,se ha
montado todo muy bien… Pero , tengo el placer de ser el que
te comunique la verdad.
Nuestro país jamás podría estar tan devastado como hicimos
pensar. Nos costó trabajo
poder llegar a imaginarnos esas sinvergonzonerías tan
originales, crear en
nuestra mente los tótems del canallismo y la tropelía.
−¿Pero de quién es el
engaño? No entiendo nada.
−¡De todos! Nos hemos
puesto de acuerdo ¿No es maravilloso el ser humano? Todos
unidos persiguiendo un
objetivo común que hemos conseguido. ¡Fantástico!
−¿Qué objetivo?
−¿No te lo imaginas? Por
fin se acabó el soportar a los más prolijos y piolos, a los
músicos perro-flauta del
otro lado del charco, a los que debes comprar por lo que vale y
vender por lo que dice que
vale. Con nuestro pensado plan hemos conseguido echar a
los Argentinos.
−¡No me digas más! −en ese
momento Per se lame el dedo índice y lo sube al aire para
comprobar la procedencia y
velocidad del viento− esta noche te llamo y seguimos
hablando.
−Yo también tengo que colgar, me voy a casa que Valeria tiene que tener
las empanadas listas ya antes tengo que pasar a comprarle el mate.
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